Edgard Tijerino
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Es muy difícil quitarse del escenario cuando te consideras el “ombligo” del espectáculo, cuando puedes contradecir a todo mundo, cuando sientes que te acuestas y te levantas con multitudes pendientes de cada uno de tus movimientos, cuando crees que si te retiras el mundo dejará de girar, y sobre todo, cuando sigues produciendo montañas de billetes.

El increíble Muhammad Alí no quería irse. “El mundo me necesita”, decía con una arrogancia natural. El que atendía invitaciones para ser conferencista en la Universidad de Oxford, manteniendo a Harvard en espera; que era reconocido aún tratando de ocultarse en el rincón más oscuro del Bronx; que podía decir no tener tiempo para asistir a la Casa Blanca; que opinaba sobre todo lo que se le antojara captando la atención; quería seguir peleando, retando huracanes y terremotos. Hasta que no pudo continuar.

¿Por qué no se salió a tiempo, sabiendo que sus otrora portentosas facultades se habían agotado? ¿Qué sentido tenía exponerse a esa guanteada casi humillante de Larry Holmes, en 1980, y otra de Trevor Berbick, en 1981?
Un Leonard averiado y desarmado fue en busca de una lluvia de cuero frente a Terry Norris; Joe Louis era una sombra de lo que fue cuando decidió encerrarse entre las cuerdas con Rocky Marciano; Tito Trinidad aún quiere seguir, como si no hubiera visto las imágenes de su pelea con Winky Wright.

Rocky Marciano, un peleador rudo, acostumbrado a dejar jirones de su salud entre las cuerdas, tuvo la mayor cuota de sensatez: estaba invicto en 49 combates, puliendo su corona como Campeón de todos los pesos, cuando dijo “no más”, y cumplió. Seguramente revisó los vídeos de sus grandes combates y se percató del deterioro a que había sido sometido, y del inminente peligro de continuar.

¿Qué es lo que todavía anda buscando Oscar De la Hoya con suficiente fama y fortuna? ¿Permanecer por siempre debajo de los reflectores, a la vista de todos, moviéndose por las laderas de la imprudencia? De pronto, cuando la campana llamó para el noveno asalto, atendió la piadosa recomendación de Nacho Beristáin, y no siguió, como lo hizo Julio César Chávez frente al propio Oscar hace unos años, y Roberto “Mano de Piedra” Durán reducido a la inutilidad por Ray “Sugar” Leonard.

Fue necesario que ocurriera esto para convencer a De la Hoya que no debe seguir. Si abdica un emperador, ¿por qué no lo hace un boxeador? Claro que se puede vivir sin escuchar el rugido de la multitud, sin las cámaras, sin los cartelones luminosos, sin ser tentado por grandes cifras, sin seguirse sintiendo el centro del mundo.

Oscar De la Hoya tiene que entenderlo ahora. Su reino es una tierra perdida, demudada por el tiempo, azotada por un viejo viento, con olor a pasado, pero enriquecida de grandiosos recuerdos.

Es la ley de la vida. Todo se acaba, incluso él.

dplay@ibw.com.ni