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Con la capa y la espada de Manolete, aún sin cortar orejas y rabo, el africano Joseph Agbeko supo torear anoche en Nueva Jersey la bravura del nicaragüense William González, reteniendo el cinturón de las 118 libras reconocido por la FIB, apoyándose en una sorprendente decisión mayoritaria.

Uno de los jueces sentenció empate 114-114. Así que no sólo contando votos salidos de las urnas se cuecen habas, también juzgando el accionar de un combate. Fue natural preguntarse: ¿dónde se encontraba este árbitro mientras Agbeko se adueñaba del ritmo, golpeaba más, combinando sus manos con precisión, provocaba cortes como si ocultara puñales dentro de sus guantes, y se movilizaba con seguridad y serenidad estableciendo las distancias apropiadas de acuerdo a las exigencias en diferentes momentos?
Posiblemente sólo vio el impresionante round diez del pinolero, cuando hizo doblarse dramáticamente a Agbeko con una potente izquierda al costado, continuando con un golpeo arriba, pero careció de la vitalidad requerida para lanzarse a buscar el nocaut salvador, y el africano, groggy, danzando como un ebrio saliendo de una taberna, consiguió casi milagrosamente sobrevivir a la tormenta, aferrándose a una balsa imaginaria.

Momentos como ese difícilmente regresan cuando sólo quedan seis minutos y has visto debilitarse tus energías. Le tomó más tiempo al nica reabastecerse que al africano recuperarse para volver a conseguir la claridad mental y la agilidad necesarias, enfriando el final de la pelea.

La ventaja de cinco puntos en nuestros apuntes no niega el empeño puesto por William, quien en los primeros asaltos, exhibiendo esos golpes largos y potentes, envió fuertes señales de advertencia, mientras Agbeko, concentrado en tomar las riendas y sujetarlas, cambiaba de dirección el movimiento de sus piernas obligando al nica a corregir sus ángulos.

Los cortes, cuando se multiplican, recortan agresividad, a menos que trates de ser como Rocky Marciano, una aproximación de “homicida” entre las cuerdas con vocación de “suicida”. El primer corte, en la frente de William, fue consecuencia de un visible impacto con la cabeza, y después fueron apareciendo los otros, como si el africano estuviera utilizando una navaja no perceptible.

La izquierda y la derecha de un Agbeko que nunca se detuvo --excepto en ese terrible round diez, cuando “El Chirizo” se acercó momentáneamente a un resurgimiento espectacular-- lograron sincronizar constantemente viniendo desde atrás, penetrando limpiamente, aprovechando la pobre defensa del nuestro y abriendo brechas.

Cuando el nica intentaba presionar proponiendo cambios de metralla, Agbeko forzó amarres oportunos.

William peleó cada round con una voluntad admirable, entregando los bombeos de su corazón y el fuego que le proporciona su alma de gladiador, pero se vio frenado pese a la intensidad que buscó fabricar debido a que sus iniciativas fueron controladas y tuvo que refugiarse en la posibilidad de un golpe de nocaut que no se logró.

Era un toro el nica rascando la arena, con las banderillas clavadas, fijando su mirada fiera en la capa roja, tratando de embestir, y cuando lo hacía, Manolete ya no estaba ahí, sino a un lado asestando las estocadas, toreándolo muy bien.