Edgard Tijerino
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Retar el poderío del Barcelona en el Camp Nou es un real clavo para este Madrid en permanente reconstrucción, golpeado a nueve puntos de distancia, alterado por el cambio de timón, herido por ausencias fundamentales, presionado por las exigencias, agobiado por el peso de la tarea. ¿Encontrará este Madrid la honda y las piedras para tumbar hoy al Goliat del fútbol español?
Sin los lesionados Van Nistelrooy y Diarra necesitados de larga recuperación, con Pepe y Heinze fuera de combate, sin poder usar todavía al recién adquirido Huntelaar, con Robben en el banquillo luego de su expulsión, con el nuevo técnico Juande Ramos rascándose furiosamente la cabeza en busca de la fórmula para superar al Barcelona que hizo quebrar todas las probetas de su laboratorio a Shuster, hay mucha incertidumbre sobre el ¿qué hacer? en el campamento blanco.

No se puede dormir con las imágenes de Eto’o, Henry y Messi moviéndose incontrolablemente en el área mientras avanzan amenazantes hacia tu cabaña, bien apoyados por un mediocampo funcional. Juande Ramos salta de su cama impulsado por los resortes de la incomodidad, atrapado por una telaraña de preocupaciones: ¿Es Metzelder el hombre adecuado para colocarlo como lateral en busca de neutralizar al encendido Henry? ¿Cómo embotellar la genialidad inagotable de Lionel Messi y el ímpetu de Samuel Eto’o?, ¿Representa Dudek en este momento mayor seguridad que Casillas? ¿Dónde encontrar suficientes toallas para sujetar la sangre que brota de las heridas? ¿Cómo filtrar un par de defensores más sin que alguien se percate?
Para el Madrid ir al Camp Nou, en la ciudad que prácticamente diseñó e hizo resplandecer el genio de Gaudí, equivale a viajar hacia el infierno. Es un viaje como el de Napoleón a Moscú, o el de Janet Leigh al Motel Bates en la primera versión de Psicosis, aquella gran película de Hitchcock. En el Camp Nou parece haber brasas sobre el engramado quemando los pies de quienes llegan a tratar de fajarse con este Barcelona que se ve tan inmenso como el Himalaya.

Juande se refugia en una frase hecha a la medida para esperanzas ocultas: Apuesten por el Madrid, en fútbol no hay nada escrito. Y de inmediato considera que dispone de suficiente armamento, en contradicción con el pesimismo que aceleró la destitución de Shuster, quien llegó a calificar como “misión imposible” vencer al Barcelona en su casa con un Madrid tan averiado.

“Será una guerra a muerte”, advierte el defensa italiano Fabbio Cannavaro, como si se tratara de Espartaco o Máximo contra la fiera en el Coliseo. Otro madridista, Raúl, atravesando por un resurgimiento, asegura que “ofensivamente estamos carburando y pese a las bajas, tenemos capacidad para presionar”. En fin, frases y más frases de autoestima y mucho aliento, pero no hay forma de esconder el ancho favoritismo del Barcelona.

Lo cierto es que si el Madrid amanece a 12 puntos del temible adversario, se sentirá entre escombros, afectado por la ceguera que nos grafica Saramago, con su futuro carcomido, desnudo y enclenque.