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Lo más grave de equivocarse es convertirlo en hábito y no reconocerlo. Lo más aberrante es preservarlo como una línea de conducta. Marco Tulio Cicerón (escritor, orador y político romano), fue más certero: “Humano es errar; pero sólo los estúpidos perseveran en el error”.

La liga pinolera de fútbol, que viene mostrando mejoría, ha sido vilipendiada por su propio arbitraje. La forma tan escandalosa en que se han resuelto algunos partidos, la incidencia directa de sus equivocaciones en el desarrollo del juego y en los marcadores, reclaman atención de aquellas autoridades que sólo se encogen de hombros.

La lista de “mortales desaciertos” es grande, de la misma dimensión de esos pecados y de su misma trascendencia. El catálogo es tan prominente como variado y lleno de absurdos.

Árbitros que hacen del abuso el uso común de tarjetas amarillas y rojas, en un afán de sustentar una autoridad incapaz de imponer en la cancha, justicia con talento. Penaltis obvios, claros y evidentes, que a pesar de lo monumental de su hechura, no son marcados.

Goles legítimos anulados y goles ilegítimos legitimados con el acta notarial de la torpeza y la tolerancia de la impunidad. Violencia evidente y clandestina que es tolerada, emancipada, exaltada acaso, incitada incluso. En tanto, acciones propias del regate físico de una pelota terminan sancionadas con tarjetas de entrega precipitada.

Hace años que el arbitraje pinolero vive una etapa de crisis similar. Los entrenadores imploran y suplican por un arbitraje justo y un silbante capaz, como si no fuera ese un matrimonio intocable e indivisible.

La preocupación llega a tal extremo que, en este momento, es complicado establecer puntualmente, si hay unos árbitros capaces en el fútbol nacional como para llevar a buen término los juegos.

El problema es de fondo; es grave y trascendente que los riesgos a los que están expuestos. El caso de William Reyes y Alfredo Núñez, ambos hijos mimados de la directriz de Fenifut, son ejemplos.

A lo largo de la temporada dejaron constancia de su incompetencia para ejercer en Primera División. Sin embargo, se les mantiene contra viento y marea, pese a sus propios errores.

Eso es sólo una prueba de que los dirigentes de Fenifut siguen imponiendo “su ley” en la Comisión de Arbitraje.

La perseverancia hacia el error, como escribió Marco Tulio, se hace patente también en Donald Campos. Es claro que la autoridad, la credibilidad, el derecho a la buena fe, la confiabilidad y la unidad en el gremio arbitral se han visto trastocados, ahogándose en la supurante resaca de sus propios pecados.