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Dichosos algunos árboles, tan majestuosos, que cuando se doblan por el paso del tiempo y parecen caer, se enderezan y recuperan la verticalidad como lo hizo Roger Federer en la final del torneo de Dubai, derrotando en dos sets al formidable serbio Novak Djokovic, indiscutible número uno en el mundo del balazo con la raqueta.

El “pistolero” suizo, por mucho tiempo “Rey del Tenis”, ganador de 17 torneos “Grandes”, cifra récord, y considerado mayoritariamente el mejor tenista de todos los tiempos, salió ovacionado después de imponerse 6-3 y 7-5 a Djokovic apoyándose en la violencia y precisión de su servicio y, sobre todo, en saber fajarse en electrizantes cambios de metralla durante la conquista de puntos espectaculares.

Es admirable ver a Federer en la azotea de la Gran Pirámide en pie de guerra, batallando con los mejores del mundo, sacando juventud de su pasado como diría José Alfredo Jiménez. Ha pasado tanto tiempo desde su fulgurante ascenso al estrellato, que durante esa larga y asombrosa permanencia en la cima se sintió en la cancha de la eternidad. Pero no hay forma de ser eterno. Ni Bill Tilden, ni Rod Laver, no Bjorn Borg, ni Jimmy Connors, ni Pete Sampras, ni nadie.

Cuando Federer fue desplazado en el ranking por Nadal y por Djokovic con Andy Murray empujando, pensamos que se cerraba un ciclo, pero es algo grandioso verlo resurgir de diferentes formas y permanecer retador entre las brasas, obteniendo en ruta hacia los 34 años, una edad para jubilarse en el tenis moderno, el título número 84 de su fulgurante carrera.

FERRER EN ACAPULPO

Mientras Djokovic flaqueaba ante Federer y Rafael Nadal, otro en reconstrucción, expresa no estar interesado en volver a la cima como número uno por ahora, concentrado en recortar distancia, el español David Ferrer fue el gran triunfador en Acapulco, obteniendo su tercer título del 2015 al doblegar 6-3 y 7-5 al difícil japonés Kei Nishikori, acumulando 24 títulos y confirmando encontrarse en un gran momento.