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Difícil de creer, pero está ocurriendo: una mediocridad inexplicable está apretando por el cuello al Real Madrid, aflojando sus piernas, oscureciendo su cerebro, sujetándole el estrépito que llegó a impactarnos tanto, apagando la fluidez y creatividad de su futbol, sepultando su pegada.

Después del angustioso empate con el Villarreal 1-1, el equipo de Ancelotti, con su galería de súper astros deambulando como fantasmas desorientados en la cancha de San Mamés, cae de rodillas 0-1 ante un sólido y crecido Bilbao, víctima de ese estupendo cabezazo de Aduriz por encima del inutilizado Pepe, agujereando la cabaña de Casillas, distante en su reacción y vuelo, de ese rincón superior izquierdo por dónde entró el balón en el minuto 25, muy temprano para ser considerado mortal, como finalmente resultó.

¿A QUIÉN CULPAR?
Al caer el telón, sangrando por la pérdida de cinco puntos en los últimos dos juegos, seguramente todos se quedaron mirando en la caseta blanca como intentando fijar un culpable, aún sabiendo que todos lo eran. Reemplazar a Kroos por Lucas Silva en el minuto 77, fue un claro indicativo del desconcierto. Kroos, el jugador incansable de tres pulmones y mente permanentemente lúcida, el de kilometraje inagotable, el ombligo de la maquinaria, sacado de juego. La realeza del futbol súbitamente carcomida. Una extraña imagen.

El Madrid tuvo oportunidades de nivelar, pero siempre faltó ese “algo más” que tan fácilmente se conseguía. Cierto, el arquero Iraizoz estuvo acertado cerrando, puñeteando y atajando, pero la tropa de Ancelotti careció de ideas y de profundidad. Cristiano no fue el atacante de los 14 goles en 7 juegos como visitante en San Mamés, Benzema se vio desconectado y Bale no consiguió ser trascendente.

SE CRECIÓ EL BILBAO
En cambio Munain y Williams aseguraban la agilidad del Bilbao, con Rico funcionando como apoyo por la derecha, el sector más utilizado por el equipo vasco para arremeter. Fue precisamente Rico quien trazó ese centro golpeado por la cabeza de Aduriz llegando desde atrás con Pepe en retroceso.

El centro del campo madridista con Isco, Illarramendi y Kroos, trató de ser calmante a base de buen manejo, pero sin establecer las necesarias conexiones. Sin la rapidez y la precisión requeridas, el futbol del Madrid fue previsible facilitando la efectividad de la defensa a rayas. Con sus pretensiones fortalecidas, el Bilbao supo pelear en todos los sectores sin excederse en la dureza que siempre ha caracterizado al equipo, sosteniendo no propiamente contra vientos y mareas, esa ventaja por 1-0, desesperante para Ancelotti en los últimos minutos, cuando Lucas Silva en tiempo de descuento, envió por arriba un taponazo desde 25 metros.

Enmascarado, el Real Madrid salió por la puerta de atrás en San Mamés después de perder sorprendentemente, cinco puntos en las dos últimas fechas. Grave, quizás muy grave.