Edgard Tijerino
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Por caer el telón en aquel estrujante round doce, el ruido del crujir de huesos, se mezclaba escalofriantemente con el acelerado latir de un par de corazones tan hinchados como cansados. Las vigas del Hilton en Las Vegas, el mismo hotel que fue escenario de la revancha Rosendo Álvarez-Finito López en 1998, sudaban y se doblaban mientras Julio César Chávez, intentando defender su invicto y seguir dominando el casillero CMB de las 140 libras, golpeaba frenéticamente, con una furia casi homicida al estadounidense Meldrick Taylor, que sin medida de los riesgos, respondía con terquedad en un alarde de temeridad pocas veces visto.

BRUTAL GOLPE

Faltando 15 segundos ese 17 de marzo de 1990, hace 25 años, Chávez, que había ganado sus 68 combates previos, continuó una ofensiva iniciada con larga, potente y precisa, derecha, disparando otro golpe brutal con la misma mano que estuvo a punto de quitarle a Taylor la cabeza de su lugar.

La caída fue dramática, con cara de definitiva, pero Taylor se levantó de la lona cuando el árbitro Richard Steele, gritaba ¡Seis! El conteo se extendió hasta los ocho segundos y Steele observó a Taylor. Verlo con sus ojos casi cerrados, los pómulos próximos al estallido y la boca sangrante, era grotesco. “No puedo permitir que esto siga”, pensó Steele, y faltando apenas dos segundos, quizás sin tiempo para otro golpe, sentenció “No más”.

En la esquina de Taylor, se produjo una revolución. La determinación de Steele, tiraba al cesto de la basura las tarjetas. El estadounidense, ganador del oro olímpico en 1984 en la división pluma, estaba adelante 108-101 y 107-102 según el criterio de Jerry Roth y Dave Moretti, en tanto, Chuck Giampa se inclinaba por Chávez 105-104. Durante los ocho primeros asaltos, la habilidad de Taylor mantuvo confundido a Chávez, neutralizando su poder. Sediento de emociones, el público próximo a los diez mil, se sentía frustrado, hasta aburrido por el desequilibrio entre las cuerdas.

TAYLOR EN EL INFIERNO

Pero los asaltos 10 y 11, fueron humeantes, cargados de fiereza. Chávez con su mirada hiriente y sus puños funcionando como martillos inclementes, recuperó su ferocidad y sostuvo una agresividad de ribetes espectaculares. Taylor, quien explicaría no tenía visión clara desde el segundo asalto, no necesitaba anteojos para ver la montaña que se le venía encima, ni tenía tiempo ni claridad mental para preocuparse por el corte interno en su boca, productor de un sangrado profuso. Aquello era salvajismo puro cuando llegó el duodécimo  y último asalto, con Chávez buscando con desesperación el nocaut, única posibilidad de salvación, y lo logró.

Taylor estaba de pie, pero sin saber dónde ni que hacer. “No más” dijo Steele y todo terminó con solo dos segundos pendientes. Al día siguiente, el hospital en qué fue atendido Taylor, informó que había perdido un litro de sangre, pero su alma lo seguía empujando, disparando golpes imaginarios, protestando el fallo.