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El genial DaVinci tardó cuatro años para pintar su “Gioconda”, el más famoso cuadro del planeta, Denis Martínez tuvo que esperar 20 años –el tiempo que se invirtió para levantar la pirámide de Keops- para construir su primera y tan ansiada victoria postemporada. Pero, valió la pena. No importa cuánto tuvo que sufrir buscándola, lo esencial, lo impactante, es en qué forma y en qué momento lo logró.

Aquel 17 de octubre de 1995, los Indios buscaban en aquel sexto juego contra Seattle, su primer título de la Liga desde 1954.

¿Fue Spielberg quien diseñó el escenario? El desaparecido Kingdome de Seattle rugiendo por sus cuatro costados, casi 60 mil esperanzas agitadas en las tribunas, un equipo hambriento de más éxitos, y un pitcher prohibido en la acera de enfrente: el feroz y mortífero Randy Johnson. Sólo trabajando con precisión, paciencia, audacia y maestría se podía retar a un “Monstruo” de la colina.

El ¿cómo derribar a Goliat?, parecía enloquecedor. “No hay pitcher invencible. En ciertos momentos, cualquiera flaquea, incluso Sandy Koufax o Bob Gibson”, me había expresado Denis en la caseta de los Indios antes del quinto juego, mirando hacia el duelo.

Y quedó demostrado. Una vez más, Johnson ofreció lo mejor de su material, pero Joe Cora equivocó un tiro a primera base y Dan Wilson perdió una pelota sencilla con hombres en segunda y tercera, que se metieron al plato envueltos en bolas de fuego, para establecer una diferencia de 3-0, que a la altura del octavo inning, tenía cara de funeral.

Si todavía quedaba una diminuta luz encendida en el cofre de las posibilidades de los Marineros, Baerga la apagó bruscamente con su jonrón encima de la verja del jardín central burlando el esfuerzo de Ken Griffey.

Atrás quedaban siete entradas magistrales de Martínez. Un pitcheo de 90 lanzamientos, 56 strikes y 34 bolas. Un solo pasaporte a Griffey en el primer inning y la valentía necesaria para tomar ventaja en el conteo mientras combinaba su recta deslizante a las esquinas con unas curvas que rompían desde diferentes puntos y que frustraban el anticipo de los bateadores.

Con Coleman en segunda sin out, ese scone del sexto inning, tuvo un sello de grandeza incomparable en medio de la presión agobiante que significaba defender una pequeñísima ventaja de 1-0 frente a Johnson. Cora falló tocando de aire obligando al excitado y agresivo Coleman, a permanecer en segunda. Dominar a Griffey antes de golpear a Edgard Martínez, tuvo un enorme valor. Ahora estaba frente a Tino Martínez y poncharlo con tres lanzamientos, fue la culminación del excelente manejo del peligro.

Después, el cero del séptimo por el 1,2,3 con apenas doce lanzamientos, Denis certificó que los dolores en el hombro, el codo y la rodilla estaban también bajo control. Ésos fueron los últimos trazos de su “Obra Maestra” en la postemporada después de una espera de 20 años. Valió la pena.

dplay@ibw.com.ni

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