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Fue casual que presenciara la pelea de “El Gallo” Estrada y el filipino Rommel Asenjo. Contribuyó que aquí en México, donde me encuentro, se transmitieran en diferido a eso de las 11:30 de la noche, después del ruidoso juego que el equipo azteca le ganó a Ecuador en futbol por 1-0, con gol de “Chicharito” y penal atajado por Jesús Corona. Estaba por acostarme, pero en vista del interés que todos tenemos por seguir las huellas de este “Gallo”, hasta hoy el más difícil rival que ha enfrentado nuestro “Chocolatito”, decidí seguir ante la pantalla y tomar una libreta.

Apenas iniciado el tercer asalto, una toalla salió volando como gaviota desorientada desde la esquina del filipino y cayó en el centro del ring a la orilla de los peleadores. Todos se sorprendieron, creyendo era un atrevimiento inapropiado de un fanático, pero rápidamente se reflexionó: ¿Quién llega a ver una pelea con una toalla? Quizás ni en el mar. Se trataba del entrenador de Asenjo, no tan perturbado por el ojo derecho de su pupilo completamente cerrado, sino por considerar que después de lo brevemente visto, lo esperaba el diluvio universal, ese que no deja piedra sobre piedra. Me parece, fue una decisión correcta, humana. Asenjo ya no tenía más que ofrecer. Así que no tenía sentido empujarlo a seguir entre las brasas soportando castigo con un ojo menos.

En los primeros seis minutos, Estrada, estableciéndose como peleador de media distancia, había sido aplastantemente superior. Ligeramente cauteloso en el inicio, tomando medidas para desplegar su capacidad de destrucción, aplicó su boxeo largo con golpes precisos, frente a un zurdo que podía resultar complicado. No utilizó mucho tiempo en resolver la ecuación. Lo hizo con la facilidad de John Nash, ese de mente brillante. Al mismo tiempo, el filipino se convenció que le esperaba un rato tan amargo, como el de Héctor ante Aquiles.

Estrada, ya con el cuadro rayado, decidió pisar el acelerador en el segundo asalto. Su golpeo fue más frecuente y potente, siempre arriba con algunos ganchos de consideración abajo, torpedeando la resistencia del enemigo. Su izquierda punzante estuvo llegando a la cabeza de Asenjo hasta cerrarle el ojo mientras lo empujaba contra las cuerdas. Un derechazo que se escuchó como campana levantando a un pueblo para ir a misa y par de estocadas con su zurda, cerraron ese asalto como una seria advertencia. Seguramente la conversación de Asenjo, en la esquina con su entrenador, giró sobre la conveniencia o no de seguir, si el desequilibrio se agrandaba peligrosamente. Matemáticamente con un ojo menos, las posibilidades del filipino eran nulas. Estaría peleando con una sombra cada vez más borrosa.

Después del “vamos a ver qué pasa en el inicio de este tercer asalto”, Asenjo volvió al centro del ring, todavía con la certeza de saber dónde estaba “El Gallo”. Atrapado en una esquina, sometido a bombardeo, cayó a la lona. Discutiblemente se consideró resbalón y no hubo conteo. De pie, Asenjo no podía ocultar su desorientación y estaba por gritar ¡sáquenme de aquí!, cuando voló la toalla terminando con su suplicio. De esa forma Estrada sigue impresionando, consciente que el filipino no tiene ningún punto de contacto con “Chocolatito”. Esa es otra historia.