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Evander Holyfield pudo agrandar su leyenda, sin mucho brillo, pero con la solidez de la experiencia. Pero los jueces decidieron enterrar su mito porque, para el promotor Sauerland, probablemente fuese más jugoso extender el negocio con el mediático Nikolai Valuev, buscando un enfrentamiento con alguno de los Klitschko, que poner el cetro de la Asociación Mundial -una organización de triste recuerdo para, entre otros, Javi Castillejo- en manos de un boxeador que huele más a pasado que a presente o futuro.

El combate llegó al fin, tras los 12 asaltos, y pasó a territorio de los jueces, que con sus cartulinas dieron vencedor al gigante de San Petesburgo por 114-114, 116-112 y 115-114. Los silbidos atronaron en el Hallenstadium de Zúrich. The Real Deal, que buscaba resucitar en Suiza, llegó más y mejor. No mucho, pero más y mejor.

El fallo no fue convincente y muchas discusiones quedaron abiertas tanto para el público como para los entendidos.

Holyfield salió al cuadrilátero solo, con gesto tranquilo, con las ideas claras, a ritmo de hip-hop y con la musculatura bruñida. No aparentaba los 46 años y 2 meses con los que pretendía convertirse en el campeón más viejo de la historia, sustituyendo en el libro de records a George Foreman, el dinosaurio que reinó con 45 años y 4 meses. Pero el puño de Foreman era una losa, un martillo pilón. Y Holyfield nunca ha llegado a esa categoría de destroyer que permitió a Foreman seguir en la elite a tan avanzada edad.

La forma de contrarrestar el déficit de 49 kilos respecto a Valuev (141 frente a 92) y de altura (213 centímetros ante 188) consistía en bailar y bailar alrededor de la torre rusa, que toma el centro del ring y extiende su zurda para alejar cualquier peligro. Así lo hizo Holyfield, que ya en los tres primeros rounds metió algún cruzado peligroso que se estrelló en la enorme mandíbula de acero que abrocha el cráneo de cromagnon del campeón. Así se jugó hasta el ecuador del combate, cuando Valuev imprimió más brío a sus puños. Pero nunca dio la impresión de poder tumbar al de Atlanta, siempre aferrado a su guión.

Es cierto que Holyfield, en su papel de aspirante, quizá debiera haber hecho algo más. Mostrarse más agresivo. Pero la única manera de sortear la muralla es la que empleó, ya que Valuev es un peleador inusual por sus medidas. Holyfield buscó un final mejor. Y lo hubiese merecido. Los jueces no lo vieron así.

Valuev, verdugo de estadounidenses
Nikolai Valuev pudo con Holyfield, como antes lo hizo con los otros estadounidenses a los que se enfrentó: John Ruiz, por dos veces, Jameel McCline y Monte Barret. Esta vez fue muy ajustado.