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No me voy a sentir frustrado si la pelea del 2 de mayo entre Floyd Mayweather y Manny Pacquiao, no responde a las gigantescas expectativas que se han edificado a su alrededor. Consciente que se trata de dos peleadores de 38 y casi 37 años, atravesando no imperceptiblemente por una etapa de evidente decrecimiento en agilidad y punch durante sus últimos combates, estoy claro que podría encontrarme con “otro Floyd” y “otro Manny”, algo distantes de aquellos vistos en su plenitud. Ojalá todavía tengan la carga de adrenalina requerida para poder dejar una huella histórica, no un recuerdo borroso.

Antes del sonido de la campana del gran suspenso, hay mucho que discutir sobre lo aparentemente real y lo posiblemente ficticio, entre los dos más grandes peleadores de la última generación, listos para desaparecer del escenario después de cobrar bolsas asombrosas.  

EL DESGASTE, MUERDE
El detalle más significativo producto del desgaste consecuencia del violento ajetreo y el implacable paso del tiempo, es la natural pérdida de poder. Pacman (57 triunfos, 5 derrotas, 2 empates y 38 nocauts, que representan un 58 por ciento de efectividad en ese aspecto) quien a lo largo de su fulgurante trayectoria dependió de la capacidad de destrucción de su golpeo, acompañada por una agilidad que desconcertaba a sus adversarios enviando disparos desde diferentes ángulos, no ha conseguido noquear en sus últimas nueve peleas, desde que lo hizo con Miguel Cotto en el 2009, hace seis años; en tanto Floyd ( 47 victorias sin perder con 26 nocauts para un 55 por ciento), no propiamente conocido como un simplificador pese a la relación numérica mostrada, aunque con suficiente cuota de explosividad cuando arremete realizando descargas como ha podido demostrarlo, solo registra dos recortes de pelea, uno legítimo con Ricky Hatton y otro más que sospechoso frente a Victor Ortiz, en sus recientes nueve combates.

Esto podría hacernos suponer, que de todos los resultados posibles, sin descartarlo por completo porque eso equivaldría a desconocer lo que en cualquier instante se puede producir en una pelea, el menos esperado en el triunfo por nocaut de cualquiera de ellos. El acondicionamiento mental del aficionado, es que será un combate de toda la ruta, lo cual le favorece a Mayweather, más acostumbrado y un caracterizado fabricante de deterioro con ese estilo tan elusivo como esponjoso, que se apoya en una movilidad de piernas que ha dejado de ser deslumbrante, pero sigue siendo útil, sobre todo cuando se trata de enfrentar a un rival casi de la misma edad, que en ciertos combates ha sido fuertemente castigado y hasta dramáticamente noqueado.

AHORA SON OTROS
El Pacquiao de 34 años que vimos frente a Tim Bradley y Juan Manuel Márquez, no era el mismo de su época de grandiosidad, y ahora, casi tres años después, no lo podemos esperar galvanizado, eso sí, sin negarle la opción de enfurecer y poder golpear con poder en algunos pasajes, no tan sostenidos; lo mismo que el Matweather de 30 y 32 años que peleó consecutivamente con De la Hoya, Hatton y Márquez, este último sin poder ganarle siquiera un asalto. Lamentablemente, las facultades se van para nunca más volver, pero queda la garra, esencia del boxeo, inextinguible, capaz de mantener en pie de lucha a Archie Moore, moviéndose con ayuda de un bastón. Y es precisamente ese es el factor de mayor motivación que tiene el público: el fuego que almacena el corazón de cada uno de ellos, aunque sin la juventud que tenían los de Ray Leonard y Tommie Hearns cuando se enfrentaron en 1981, en una batalla escalofriante.

Una pregunta interesante: ¿Cuándo fue la última vez, o si alguna vez, dos púgiles de esas edades, las actuales de Floyd y Manny,  han protagonizado una pelea memorable? A los 35 años, Ray “Sugar” Leonard fue borrado drásticamente por Terry Norris. Cierto, su proceso de desgaste fue acelerado frente a rivales de mayúscula exigencia. A esa edad, 35 años, Roberto Durán era derrotado por Robbie Sims.

De la Hoya se retiró a los 36 años y Marvin Hagler a los 33. El declive de Shane Mosley, volviéndose vulnerable, comenzó a los 31 años siendo vencido dos veces por Vernon Forrest. Consiguió algunos destellos, pero su progresión hacia la grandeza se detuvo. Con 34 años, todos consideramos que el Julio César Chávez superado por De la Hoya, era una pálida sombra de un pasado brillante. La última gran batalla de Tommie Hearns fue con Iran Barkley, derrota por decisión dividida a los 34 años.

PODER DE ATRACCIÓN
Se trata de una pelea sin intrigas. Todos saben como pelea el uno y como lo hace el otro. A esta altura, parece tonto preguntar: ¿qué tipo de variantes podrían ofrecer? Lo directo: menos revoluciones por minuto cada uno. Hace unos días, sin nada nuevo que decir, Freddie Roach, el adiestrador de Pacquiao, fue a lo obvio: la rapidez de Maywaether no es la misma. Ningún hallazgo, como lo seria encontrar la tumba de un faraón casero en una de las rotondas. Tampoco lo es, apuntar que su peleador, ya no es tan destructivo como una vez lo fue. Hace cuatro o cinco años, esta hubiera sido una pelea fantástica, pero el tiempo fue pasando entre la inutilidad de tantas discusiones, y tal posibilidad se fue evaporando. Claro que en medio de la escasez imperante, es la pelea más atractiva que podamos imaginar, aunque no tanto como Trinidad-De la Hoya, Duran-Leonard, Hagler-Hearns, y por supuesto, Alí-Frazier, Alí-Foreman, Robinson-Maxim, Tyson-Holyfield o Louis-Schmelling. Esta, no rankea.

Escritores, han encontrado más distraído entrar en teorizaciones de lo que hubiera ocurrido en enfrentamientos de cada uno de ellos con leyendas del boxeo, teniendo el cuidado de no acercarlos mucho a “Sugar” Robinson, el más grande sol. A los 36 años, Robinson perdió el mismo año con Gene Fullmer y Carmen Basilio, y atrapado por el desgaste, estuvo zigzagueando. Cerró su carrera con cinco triunfos, cinco derrotas y una sin decisión en las últimas 11 peleas, pero su grandeza después de combatir más de 200 veces, no admitía el menor mordisco. Con la pelea Floyd-Manny aproximándose vertiginosamente, no hay forma de escapar al poder de la atracción más allá de todas las discusiones que pueden tomar forma. Así que la única recomendación es: abrochemos los cinturones que los motores están rugiendo mientras se ilumina la pantalla.