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Siguiendo los trazos cuidadosamente dibujados por Edgar Rodríguez en este estupendo trabajo sobre David Green, resulta fácil deslizarse a la orilla de sus intenciones: restaurar la imagen de un pelotero en el que depositamos tan elevadas expectativas, que las quemamos acercándolo al Sol; demostrar que en beisbol hablar del potencial y fabricar exigencias a su alrededor, es una crueldad; colocar sobre el tapete que creer en las perspectivas es un acto de fe, no necesariamente convertido en algo real; y sobre todo, mostrar el lado humano de un hombre sencillo aturdido por un alud de acontecimientos precipitados desde la muerte de su padre, quien soñó verlo en acción como big leaguer, sin poder lograrlo.

Cada uno de nosotros, aún siendo hijo de tigre como David Green, es un enigma cuya solución favorable o no, no depende del uso de artificios, sino esencialmente de nosotros mismos, sin culpar a otros. Escuchando a David conversar con Edgar mientras leemos lo escrito con tan buen ritmo, amenidad, abundancia de detalles y emotividad, quedamos claros de eso. David no se esconde, asume responsabilidades, pero aclara: mi única pretensión fue ser un pelotero de Grandes Ligas, no graduarme como un superestrella. Ese cálculo lo hicieron otros.

Como un intento de ser pelotero, David fue el único de sus hermanos que sobrevivió a las exigencias de su padre, una de las figuras cumbres en las décadas de los años 40 y los 50, cuando el beisbol era casi religioso y nuestro fanatismo no conocía límites. El viejo Eduardo, “La Gacela Negra”, quién disponía de un excelente armamento para ser considerado el Aquiles de nuestra pelota amateur, siempre estuvo tratando de pulir ese diamante que al mismo tiempo, era su hijo. Y fue duro, como se lo explica David a Edgar mostrando un agradecimiento al esfuerzo desplegado por su padre como motivador y entrenador.

Mientras David crecía aceleradamente frente a las miradas de nuestros ojos desmesuradamente abiertos, saltaron al tapete inevitablemente las comparaciones que muchos consideran odiosas, no yo, que las disfruto.

¿Mejor que su padre? Su aproximación a los 400 puntos en 1978 durante la temporada casera más huracanada que recordemos, su ruidoso ingreso a la Selección Nacional que ganó la medalla de plata en Medellín ese año, su firma disputada y llamativa, los cálculos sobre sus proyecciones, su aterrizaje en el mejor beisbol del planeta, el título de bateo obtenido en la Liga Mexicana del Pacífico que tanto persiguió Rigo Mena infructuosamente, su presencia en el beisbol del Caribe consiguiendo ser incluido en un All Star, son historias graficadas en este libro por la destreza de Edgar Rodríguez frente al teclado, sacándole jugo a su ingenio y aplicando adecuadamente su experiencia narrativa.

Siempre pensé que la pérdida de su padre, afectó severamente a David. Estaba muy chavalo en las puertas de las mayores y necesitaba de ese soporte, sobre todo en el aspecto disciplinario, tan clave. Sin la mirada fiera, pero naturalmente fraternal del viejo Eduardo, David no pudo evitar descarrilarse. Se encontró sin freno y sin madurez en un mundo con vértigo de espanto y tropezó debilitando cualquier tipo de pretensiones.

Nunca se comparó
Cierto, él nunca dijo que buscaría ser el próximo Roberto Clemente, pero cuando los conocedores hablan de alguien con tanto entusiasmo, es porque consideran que dispone del talento y el material necesario. Algo que quizás el propio David Green ocultándose dentro de su sencillez, no se percató. Una inyección estimulante de ese tamaño, tiene que impactarte, obligarte a reflexionar, a revalorarte, a tomar mayor impulso, a crecer con más rapidez, a comprometerte con el futuro y con todos. Por supuesto, contigo mismo. Ese fue el gran reto que David aturdido no supo manejar.

No es el relato de Edgar Rodríguez algo depresivo sobre el malograr de una inmensa oportunidad, sino un soplo de vida para insistir encima de las dificultades en busca de sacarle el máximo provecho a las pretensiones fortalecidas por tus facultades, una invitación para determinar lo que podemos tomar como lección, y sobre todo, suficiente aliento y fuerte palmada para un atleta que cerró su historia como pelotero sin alcanzar la grandiosidad prevista, aunque dejando una impresión tan fuerte que todavía se someten a discusión sus proyecciones.

Siempre es una pesada carga ser “Hijo de Tigre”. No hay duda. Y más aún, ser depositario de gigantescas expectativas. Eso no es tu culpa David.