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Ninguna cacería de culpables. No los hay en un Real Madrid que estuvo buscando todo el tiempo cómo abrirse paso hacia el área de Buffon y llegó constantemente con posibilidades de sacudir las redes sin poder lograrlo. El gol de Morata estableciendo el 1-1 a los 57 minutos, resucitando al Juventus, resultó mortal para el equipo de la realeza, pese a esa impresionante multiplicación de esfuerzos y la cercanía del segundo gol que hubiera alargado la batalla a tiempo extra. El martillazo para quebrar la resistencia italiana nunca llegó, y sin goles, no hay paraíso.

SOBREVIVE QUIEN ACIERTA

Largo tiempo vamos a estar preguntándonos: ¿cuántas embestidas del Real Madrid quedaron reducidas dramáticamente a “casi goles”? El futbol es parecido a los duelos del viejo oeste, el pistolero que sobrevive es el que acierta, y Morata, un muchacho salido del semillero del Madrid, volvió a hacerlo como en Turín. Iker arañó la pelota, pero no pudo desviarla lo suficiente, y cuando la red se hinchó, los corazones de la multitud explotaron. La inmensidad del drama cobijó al Bernabéu.

Con excepción del inutilizado Modric, el técnico Ancelotti utilizó todo su personal. Fue así que vimos en inicio a Benzema entrando al área y Kroos garantizando las conexiones. Al colombiano James próximo a Cristiano, cuya movilidad y presencia fue permanente, en tanto Marcelo y Carvajal avanzaban por las bandas, Bale se mostraba como un Cíclope, con Isco funcionando eficientemente. Con el Madrid cubriendo todos los espacios y manejando la pelota, el Juventus se refugió en el área, levantando un muro protector de Buffon, sin llegar a ser aquel cerrojo que inmortalizó a Helenio Herrera.

EL PENAL A JAMES

La atajada de Casillas sobre el intento de Vidal desde la frontal en el minuto 13 inyectó de confianza al cuestionado arquero, que estuvo atento y acertado saliendo, y reaccionando bien frente a las escasas exigencias. Isco, Benzema y Bale agitaron las tribunas y alteraron los nervios de Buffon, hasta que en el minuto 22, Chiellini en acción tan precipitada como innecesaria, golpea por detrás a James y el árbitro no duda en sentenciar el penal. Lo cobra Cristiano, al centro y arriba, con poder, mientras Buffon va hacia su derecha inútilmente.

Ahí estaba el 1-0 ansiado. El marcador que necesitaba el Real para asegurar su avance a la final. ¿Cómo manejaría esa ventaja el equipo de Ancelotti? De la mejor forma que puede hacerlo: presionando sin prisas pero con seguridad, listo para ampliar la diferencia, lo cual fue considerado viable. Claro, en los cálculos no entraba la falta de puntería. Cómo fue posible que Bale fallara ese cabezazo a quemarropa y el remate de zurda con Buffon desarmado; ¿por qué no disparó Cristiano con tan excelente posición de tiro, decidiendo cambiar hacia la derecha por arriba?; y Benzema malogrando posibilidades claras después de realizar maniobras brillantes; agreguen los dos remates desviados por CR7 vestido para matar.

MIL Y UNA MUERTES

Sobreviviendo a mil y una muertes, el Juventus, que cuando tuvo opciones fue apagado por Iker, se encontró en el minuto 57 con una gran posibilidad, materializada por el latigazo zurdo de Morata. La pelota que envía Pirlo por arriba después de un rechace de Casillas es manejada por Pogba, quien la hace descender hacia el centro del área, donde se encuentra Morata, que resuelve con frialdad escalofriante utilizando su pierna izquierda, bien educada. El 1-1 eriza los pelos de todo Madrid y provoca aullidos en el planeta.

Hay tiempo. Esos 33 minutos, más los de reposición, parecen suficientes para abrir brechas a base de sostener ofensivas. Pese al oficio del Juventus, replegarse lo condenaría a un sufrimiento extremo. Como estaba previsto, el Madrid estuvo encima en ese trayecto, pero necesitado de un mejor manejo en el centro del campo y de un entendimiento más adecuado de sus hombres de vanguardia en las incursiones. Las oportunidades continuaron apareciendo en pantalla, pero el segundo gol no fue posible.

El agregado de cuatro minutos fue un reto para el desgaste y la urgencia afectó al Madrid. Aunque lo dio todo, terminó desorientado el equipo de Ancelotti y con su poderío embotellado. No hay culpables, quedando solo lo obvio: sin goles, no hay paraíso.