Edgard Tijerino
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Un choque clásico en fútbol, aun en países de poco desarrollo como el nuestro, debe ser lo suficientemente ruidoso por la rivalidad cultivada, la alteración del sistema nervioso, las múltiples especulaciones, la intensidad garantizada, la dificultad del vaticinio, el júbilo y el desborde de un público ansioso de emociones, más allá de la buena, discreta y hasta pobre calidad del espectáculo.

¿Se produce eso alrededor de una batalla Diriangén-Estelí como la que veremos hoy en Diriamba, esa ciudad considerada por largo tiempo como el ombligo de nuestro fútbol? Sí se siente, pero también se capta que hacen falta los liderazgos individuales.

¿Recuerdan Cecilia-Diriangén? No sólo eran juegos a muerte entre equipos que no podían transitar por la misma acera, y mucho menos sentarse en la misma mesa, sino que la furia de Róger “Chichota” Silva, la arrogancia y seguridad de Salvador Dubois, la firmeza de “Chocorrón” Buitrago y Hugo “Bazooka” Huete, el juego agresivo de “Camarón” Gutiérrez y la fineza con posgrado de Gerardo Barrios, eran odiadas por la barra cacique y contrastadas con la presencia de un caudillo del nivel de “Peché” Jirón, capaz de abrirse paso entre terremotos y tempestades, con el ímpetu desbordante de Manuel “Catarrito” Cuadra, ese goleador implacable, con la destreza extraordinaria de “Chico Mambo” Romero, las agallas de “El Cuervo” Ocampo y la valentía de espartano que agigantaba a Fito Castro debajo de los tubos. Los seguidores del Cecilia no los toleraban.

¿Quién sería la figura dominante del clásico? Esa era una de las grandes atracciones, lo mismo que una vez desaparecido el Cecilia, tomó el escenario el pugilato UCA-Diriangén, sobre todo porque los mejores hombres de la escuadra rojo-amarilla se incorporaron al equipo estudiantil que jugaba de blanco, con la figura del padre Arríen como un obelisco en la cancha.

Había expectación por la llegada del UCA a Diriamba. Era necesario esperar que la gente abriera espacio para el ingreso del bus universitario al Estadio La Salle, lleno hasta las banderas, así estuviera cayendo un torrencial aguacero. Hasta el arbitraje se discutía previamente con mucho ardor. Tanto Urtecho como Gazo, sabían que de ser designados centrales se sentirían en la caldera del diablo.

Tengo largo rato de no estar en un clásico. Obviamente, tiene que haber mucho de todo eso, pero no capto el impacto que producen los calificados como grandes pilares, caso Ricardo Vega, etiquetado como un atacante furioso, listo siempre para apretar el gatillo, y Elmer Mejía, cuya baja sería una herida muy grave para el Estelí, que busca un empate con goles para asegurar el banderín, en vista del 0-0 del domingo pasado jugando como local.

Diriangén, obligado a ganar, cuenta con el argentino Hugo Silva, con Remy Vanegas y con un grupo de jóvenes atrevidos, irreverentes, capaces de agrandarse frente a la exigencia del momento. Eso piensa Mauricio Cruz, quien como jugador acostumbraba hacerlo.

De cualquier manera, es un clásico el que se juega hoy en Diriamba, y con el título del Torneo de Apertura en disputa. Trataré de estar allí.