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Primero fue el sonido seco producido por el swing haciendo chocar la madera con el cuero, como un trueno saliendo de una botella; de inmediato, la pelota convertida en una mancha blanca yendo vertiginosa y escalofriantemente hacia el rostro de Herb Score, sin darle tiempo para nada, paralizándolo con ese frío inconfundible que te hace sentir próximo a la muerte; finalmente el estallido y la confusión de imágenes. Súbitamente el mundo se volvió cuadrado para el joven zurdo diagnosticado como fenomenal, adelantándose a la aparición de Sandy Koufax.

Score se llevó sus manos al rostro, como intentando meterse en su guante derecho, mientras 18,386 aficionados, reunidos en el viejo y gigantesco estadio de Cleveland, se sentían horrorizados. El joven catcher Russ Nixon saltó como un leopardo hacia el montículo, mientras la bola desviada hacia tercera era fildeada por Al Smith, quien sacó el out en primera base. El inicialista Vic Wertz se movió, como un oso asustado, hacia Score, quien se retorcía dramáticamente.

Podía sentir la sangre
El bateador Gil McDougald, en su séptima temporada con los Yanquis, segundo en el line-up, detrás de Hank Bauer, se sintió estrangulado por la preocupación. El rostro de Score no se veía, hasta que retiró el guante, y al abrirlo, pareció preguntar con desesperación, ¿dónde está mi ojo?
“Podía sentir la sangre, pero no mi ojo derecho”, manifestó Score, quien nunca perdió el conocimiento, años después, en 1963, ya retirado del béisbol, mientras era objeto de un reportaje sobre lo ocurrido aquel fatal siete de mayo de 1957, cuando enfrentaba a los Yanquis de Mickey Mantle, Yogui Berra, Bill Skowron y Billy Martin, que utilizaron como abridor a Tom Sturdivant.

La temporada del 57 apenas estaba comenzando y Score, el pistolero zurdo de 24 años, con 16-10 y récord para un novato con 245 ponches en 227 entradas en 1955, agregando un impresionante 20-9 y 263 ponches en 1956, había dominado al primer bateador del juego, Hank Bauer, de tercera a primera. Gil McDougald entró al cajón de bateo con Mantle en el círculo de espera, en tanto Score, que pretendía construir su cuarta victoria consecutiva sobre los “Bombarderos”, rascaba un poco el piso de la colina con sus spikes antes de frotar la pelota y buscar entendimiento con el catcher.


El riesgo está ahí
Cuando Score pitcheaba, la distancia de 60 pies y seis pulgadas entre el montículo y el plato implicaba un gran riesgo para el bateador. El ¿qué hacer?, frente a un tirador de tan alta velocidad se convertía en una intriga tan gigantesca, como el desenlace de una novela de George Simenon, con la astucia del Inspector Maigret funcionando a toda su capacidad.

¿Han visto a un pitcher con la bola en su mano de lanzar, preocupado por lo que puede seguir? Pese a la presencia del peligro también para él, su actitud agresiva estirándose e inclinándose hacia el bateador para disparar, no abre espacio para eso. Era McDougald el que temblaba frente a Score, pero fue su swing sobre ese lanzamiento bajo, a la altura de la rodilla, el que dibujó sobre el imaginario lienzo verde lo trágico.

“Si no vuelve a pitchear, me voy de este juego”, dijo McDougald en el dogout yanqui después de fallar cuatro veces en el partido que los Indios, con el largo relevo de ocho entradas y un tercio por parte de Bob Lemon, ganaron 2x1 en medio de la consternación, con todos pendientes del futuro de Score, quien fue llevado a un hospital con la cabeza envuelta en vendas teñidas de rojo.


Especulación inútil
Score no regresó a la trinchera ese año y no volvió a ser el mismo durante las siguientes cinco campañas, ganando 19 juegos y perdiendo 27. En 1962 decidió retirarse, culpando al desgaste de su brazo por el decrecimiento, no a la línea bateada por McDougald, aunque obviamente fue ese el factor incidente.

¿Qué tan grande pudo ser? Como siempre, cuando ocurren situaciones tan imprevistas como ésta, recortando drásticamente carreras, es inevitable deslizarse hacia especulaciones siempre inútiles.

Unos días antes, en el mes de marzo, antes del play ball, los Medias Rojas, necesitados de un verdadero líder de staff, ofrecieron un millón de dólares a Cleveland por el nuevo fenómeno del pitcheo. Esa cifra, en ese tiempo, era extravagamte. La gente de Wall Street no podía creerlo.


Ese ruido continuó
En 1956, esas cifras de Score: 20-9, con 2.53 en efectividad y 263 ponches, completando 16 juegos, con cinco blanqueos, fueron resplandecientes, pero el ganador del primer Cy Young, valorando la actuación de los tiradores en las dos ligas, fue Don Newcombe, de los Dodgers, por sus 27 triunfos, que no permitieron discusiones sobre su 3.06 en carreras limpias y 139 ponches.

Hace unas semanas, el 11 de noviembre, Herb Score falleció a los 75 años. No me percaté y no me pregunten, ¿qué me pasó? El zurdo fue narrador de los Indios entre 1964 y 1997.

Seguramente siempre estuvo escuchando el sonido seco, como trueno saliendo de una botella, y la pelota convertida en mancha blanca viajando vertiginosa y escalofriantemente hacia su rostro. ¿Cuántas noches habrá saltado de su cama preguntando por su ojo derecho? No lo perdió, pero su autoridad en la colina se desvaneció.

El batazo de McDouglad “amputó” un futuro probablemente grandioso.


dplay@ibw.com.ni