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Las dos estocadas que acertó el Estelí, el penal ejecutado por Franklin López muy temprano en el primer tiempo, y el estupendo contragolpe en la segunda etapa, manejado por Rudell Calero con firmeza y destreza, y concretado con el toque artístico de Samuel Wilson, utilizando como pincel esa zurda cargada de sabiduría, sepultaron a los Caciques y dejaron a sus legiones de seguidores con cara de esfinge.

Indiscutible el triunfo norteño. Fue, al revés y al derecho, el equipo mejor plantado en la cancha, con las ideas más claras y los valores individuales más visibles, incluso en los momentos en que Diriangén logró volcarse buscando con empeño y coraje el empate a un gol que les permitiera intentar un resurgimiento.

Frente a la obligación de ganar que tenía Diriangén con su sistema nervioso alterado, Estelí supo neutralizar al importante e incidente jugador número 12, el público, ignorando ese lleno completo registrado ayer, asentándose en la cancha atacada por la lluvia, y mostrando energía, voluntad, rigor, decisión y mejor juego.

Fue así, como después de un cañonazo disparado por Armando Collado, desviado al córner por encima del horizontal en una reacción felina del arquero Jorge Luis Cundano, y de una pelota impulsada por Samuel Wilson desde lejos, cobijada por malas intenciones, Estelí consiguió a los 16 minutos entrar al área cacique con una gestión ofensiva de Marlon Medina, sólo frenado siendo derribado. El árbitro René Guerrero, de buen desempeño en líneas generales, sentenció el penal, y Franklin López remató bajo hacia la derecha de Cundano para el 1-0.

No se había desvanecido la madrugada del juego, y Estelí estaba en ventaja, asegurando su tranquilidad frente a las exigencias que se presentaran. Diriangén no encontraba la forma de organizarse, pero pese a ese inconveniente, estuvo a punto de equilibrar la pizarra cuando Remy Vanegas, de cabeza, casi perfora a un atento y seguro Carlos Mendieta. Otra opción fue malograda por Hebert Cabrera, respondiendo Estelí con una clara amenaza en el minuto 40.

Se fue la lluvia y regresó el sol, pero la pelota seguía pesada con aceleración extra, cuando se disputó el segundo tiempo. Otoniel Olivas, del Estelí, distribuyó convenientemente sus piezas, proponiéndole a Diriangén un complicado ajedrez. Sin embargo, los hombres de Mauricio Cruz controlaron el medio, utilizaron los laterales para las proyecciones y crecieron en su agresividad, multiplicando el peligro, pero sin poder concretar.

¡Diablos!, cuando mejor estaba luciendo Diriangén, se produjo el eficaz contragolpe norteño. Calero por el centro, realizando un sereno toreo, y Wilson mostrándose por la izquierda. Entrega precisa y recepción perfecta, como si se movieran sobre un paño de billar. Wilson avanza, conecta su radar, y sobre la salida de Cundano, la cachetada de zurda y la pequeña parábola hacia las redes para el 2-0 al minuto 73.

A esa altura no quedaba nada que discutir. Frente al “cadáver” del Diriangén, todo Diriamba estaba enmudecida con una solemnidad conmovedora. No eran necesarias esas piedras que agredieron a los norteños y movilizaron a los antimotines al salir del estadio. Fue un triunfo legítimo, no un fraude.

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