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Traducción: Raúl Gómez

Del libro Entra al Juego.- Cal Ripken Junior recuerda: cuando era niño, mi papá solía venir a mi cuarto los fines de semana muy temprano por la mañana, me daba un golpecito en la rodilla, y decía: “Necesito tu ayuda hoy”. Normalmente, hacía lo mismo con mis hermanos, Fred y Billy, y mi hermana, Elly. A veces, solamente era uno o dos de nosotros. Por supuesto, lo único que queríamos hacer era dormir y aprovechar que no era día de escuela. Pero cuando papá daba ese golpecito, teníamos que levantarnos para ir afuera y ayudarlo con los trabajos del patio.

Vivíamos en una bonita casa. De modo que a veces me preguntaba si de verdad no teníamos dinero para pagar herramientas más caras, o si simplemente era la manera que nuestro padre prefería. A cada lado de la entrada poníamos una línea fijada con dos clavos. Luego nos poníamos de rodillas, usando el hacha para cavar pequeños huecos. Aún puedo recordar cuando terminábamos el trabajo, parados mirando la entrada, y pensando en lo bien que lucía.

No teníamos las mejores herramientas para realizar el proyecto, pero siempre teníamos las mejores intenciones de completar nuestra tarea y hacerla bien. Mientras anhelábamos una linda carretilla, usábamos un viejo vagón que papá había reforzado con unos cables de acero para hacerlo lo suficientemente fuerte como para acarrear las rocas. Mientras todo el mundo parecía tener una podadora nueva y reluciente, la nuestra era siempre una vieja y de segunda mano. Recuerdo una vez que iba con mi padre y él miró una podadora en la basura en la cima de la colina. Paró rápidamente, retrocedió el carro y fue a tocar la puerta de la casa.

“¿Lo está tirando a la basura?”, preguntó... “Así es”, fue la respuesta... “¿Le importa si lo tomo?” “No, adelante”. Papá trajo la podadora a casa, la desarmó y armó haciéndola trabajar de nuevo. Usamos esa podadora para cortar nuestro césped. Esa era la manera como funcionaban las cosas con mi padre. Aun después que llegué a las Grandes Ligas, le compré una camioneta nueva. Pero aun así prefería usar su viejo y maltratado trailer rojo, el cual era halado por su carro para acarrear paja y otros materiales. Supongo que pensaba que tenía lo suficiente para hacer el trabajo.

Mi padre era un trabajador, hacía que las cosas pasaran. Él no soñaba ni esperaba. Desde pequeño me enseñó la importancia de trabajar fuertemente, la ingenuidad y de hacer el trabajo. Y hasta estos días, cuando tiene que ver con perseverancia, pienso que la ética del trabajo duro es indispensable. Sin ella, las oportunidades son pocas, terminarás donde comiences. Pero una ética de trabajo confiable, llena de energía y determinación, incrementa tus chances de tener éxito en cualquier cosa, en cualquier campo.

Para mí el trabajo duro no era simplemente una lección que se aprende, sino más bien una manera de vivir. Cuando era niño era simplemente la manera como hacíamos las cosas en el hogar de Ripken. Por ejemplo, me metía en un gran problema si faltaba un día en sacar la basura, no importaba si el cubo estaba solamente la mitad lleno. Lo que importaba era que el cubo tenía que sacarse el día que pasaban recogiéndola. Mis padres también creían en ese viejo dicho: “Las manos disponibles son usadas por el diablo”. Simplemente nadie se la pasaba sin hacer nada cuando yo era niño. En los días lluviosos, cuando no había nada que hacer, mi papá nos llevaba al garaje para ordenar pernos y tuercas. Nos hacía acomodarlas por tamaño, organizarlas y ponerlas en jarras o latas de café.