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Acechado por las supuestas inseguridades de una campaña irregular y por una mirada desconfiada desde afuera, Real Estelí nunca olvida cómo mantener el pulso firme. Por supuesto que ese atributo seguirá a prueba continuamente, ya que es un recurso emblemático, un capital que valora y utiliza como ninguno.

Así como le ha servido en esta última década para alcanzar tantas grandes satisfacciones, le sirvió otra vez el domingo, en una tarde en la que la lluvia y el sol se aliaron para evitar que la tensión nerviosa no fuera menor a la que descendía de las repletas tribunas en forma de apoyo para uno y ahogo para el otro. Ese aplomo y sangre fría que distinguen al “Tren del Norte” le valieron una diferencia sobre Diriangén, que por momentos fue sutil, y al final, nítida, incontestable.

Los partidos que caminan por la cuerda floja, como ha estado el “Clásico” por largo rato, suelen caer del lado del más experto, del más zorro. El destino de este encuentro tan endurecido estaba guardado en un pasaje clave: el que sobrevino al triunfo del monarca vigente del Apertura, después de ese instante desafortunado de los defensas Donald Parrales y Erick Téllez, quienes se juntaron para derribar dentro del área al volante Marlon Medina.

Parecía el momento emocional justo para la visita, que vio como nunca el título al alcance de la mano y embistió a Diriangén con todo su resto. Todo incluido lo futbolístico, que, cuando más lo necesitó, no le abandonó. Lo hizo con cargas optimistas, con los arranques de ese toro incontrolable que fue Rudel Calero y la claridad conceptual y de ejecución de Samuel Wilson. Pese a que no era mucho más que eso, la impresión estaba de su lado.

Pero los jóvenes Parrales y Téllez, hasta allí el antihéroe de la tarde por aquella falla, no se pudieron reivindicar porque la segunda anotación fue justo por el sector de ambos: un quite rápido, certero, de Rudel Calero al panameño Raúl Leguías, que tomó a Diriangén sin chance de retroceso, que continuó con las perfectas intervenciones de Wilson, quien dio con una pincelada, la definición.

El 2-0 le sirvió a Estelí que dio un mazazo tan grande que lo quebró para siempre. El segundo gol de Estelí cayó tan duro que el equipo de Mauricio entró en pleno estado de abandono, fue derivación pura de ese golpe. Allí terminó el campeonato para Diriangén, ya sin remos que valieran en medio de una corriente tan adversa. Volvía a hacer historia el siempre presente aplomo de Real Estelí para abrirse camino en este tipo de bretes, el oficio para salir a flote entre la angustia ambiental y dar con la frialdad necesaria cuando todos están nerviosos.

Ésa fue la sustancia del partido. Lo anterior fue un estresante forcejeo futbolístico, un primer tiempo en el que la determinación para no dar un paso en falso fue prioridad absoluta para todos.

El gol de Franklin abrió un partido nuevo para los norteños, soltó todo. Visto fuera de toda pelea, Diriangén salió con todo lo que podía. Se entregó a una búsqueda todavía esperanzada, aun a costa de exponerse en el fondo; Wilson, con campo para correr, empezaba a trastornarlo. Diriangén sufrió toda la tarde un déficit que no esperaba: el aporte escaso de Hugo Silva, su llave principal de estos últimos tiempos. Estelí puso en funcionamiento la maquinaria que resiste el paso del tiempo y de los nombres: primero resistió, después, agazapado, hundió el puñal.

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