•  |
  •  |
  • END

Aquella mañana de 1 de enero en el despertar de 1973, una sombra siniestra manchaba el azul celeste del cielo en la playa de San Juan, mientras la intensa búsqueda del cuerpo de Roberto Clemente mantenía al mundo del béisbol con el corazón en la garganta, los ojos desmesuradamente abiertos por la incredulidad y la congoja de un tropel de recuerdos llenando el alma.

Todo fue inútil. El cuerpo de Clemente nunca apareció, pero sobreviviendo al paso del tiempo, su recuerdo jamás se desvaneció. Han pasado 36 años de aquel amanecer, y seguimos sintiendo, como diría el poeta, un aire suave de pausados giros, con el hada armonía ritmando sus vuelos, y tenues suspiros entre los sollozos de los violoncelos.

El recuerdo de la muerte de Roberto Clemente es imperecedero y golpea nuestras cabezas y corazones, como si fuera producto de una poderosa y precisa combinación de golpes. Una y otra vez, regresamos a la noche del 31 de diciembre de 1972. Todavía se levantan columnas de humo en los escombros de la Managua terremoteada; se escuchan los gemidos de una ciudad con su presente sangrando y el futuro inmediato terriblemente borroso; el caos está hirviendo.

“Tengo que ir”

Fue esa noche la última vez que lo vieron. Ahí estaba, a la orilla de ese avión “sospechoso” cargado en exceso con ayuda para Nicaragua. Se veía tan agitado como cuando entraba al cajón de bateo, perseguía una pelota en el rincón derecho del Forbes Field, o buscaba una posición de tiro para exhibir ese rifle mira-telescópica que provocó tanto asombro. “Tengo que ir. Hay que garantizar que esta ayuda llegue a manos de quienes la necesitan, y no sea desviada”, dijo frente a las advertencias, con la cena servida en su casa de Carolina, la música invitando a quedarse y los amigos insistiendo: no vayas Roberto.

Nunca más fue visto. El avión cayó en el mar, y desapareció. Sus ojos se cerraron y el mundo siguió andando, dice el tango de Alfredo Le Pera cantado por Gardel. Las huellas inspiradoras trazadas por Clemente a lo largo de una vida fructífera, pensando en los otros, aseguran que su recuerdo nunca morirá. Durante estos 36 años, me he preguntado: ¿Cuántos de nosotros hubiéramos sido capaces de llegar a ese nivel de esfuerzo, entrega y sacrificio estremecidos por la tragedia de otro país?
Fabricante de proezas
Esa actitud, consecuente con una solidaridad y un desprendimiento impresionantes, nos permitió dimensionar correctamente a Roberto Clemente, semanas después de haber disparado su hit 3 mil y apenas a pocos días de haber sido el manager de Puerto Rico en el Mundial.

Tendría Clemente en estos momentos, 74 años. Quizás hubiera podido hacer crecer sus llamativas cifras, obligando a comparaciones más apropiadas con Willie Mays y Hank Aaron en diferentes aspectos del juego, sin ser un jonronero.

Estuvo en 14 Juegos de Estrellas, obtuvo 12 guantes de oro, capturó 4 cetros de bateo, aseguró un título Más Valioso, conectó de hit en sus 14 juegos de Serie Mundial, conectó más de 200 imparables en cuatro temporadas, en dos ocasiones impulsó más de 100 carreras, su máxima cantidad de jonrones fue de 29, y después de su doblete contra John Matlack, el zurdo de los Mets, quedó instalado en la cima de los 3mil hits.

¿Quién iba a decir que sería su último cohete? “No vayas Roberto. No en ese tipo de aparato. Tú sabes mucho de béisbol, pero no sobre aviones”, le dijo Manny Sanguillén, quién lo reemplazó como jardinero derecho de los Piratas en 1973. “Si vas a morir, morirás”, fue la respuesta del súper-astro. Y murió, tratando de ayudarnos. ¡Diablos, qué cruel es el destino!
Qué frágiles somos
“No pedí ser profeta... Tal vez todo sea producto de mi imaginación”, decía Elías. “Nunca pensé ser tan exigente conmigo mismo y tan eficiente, tan espontáneo y tan útil, tan compenetrado del amor al prójimo como tan ansioso de la grandeza deportiva. No pretendí ser un factor de inspiración. Tal vez todo sea producto de mi imaginación”, pudo haber dicho Roberto Clemente.

Ha pasado tanto tiempo y la leyenda continúa. Hay una estatua a Clemente en Pittsburgh, que es en cierta forma, un espejo en el cual todos deberíamos mirarnos intentando seguir sus huellas.

Hace 36 años él desapareció. ¡Qué frágiles somos!, propensos a quebrarnos en cualquier instante porque tenemos envolturas delgadas, pero el mundo sigue girando y tiene sentido. El recuerdo del astro boricua nos demuestra que como dijo Tácito, una bella muerte, llena toda una vida de honor.


¿Qué más Roberto?
Una gran interrogante sigue latiendo: ¿Hasta dónde hubiera podido llegar el formidable pelotero en sus ejecutorias?
Hay quienes opinan que con 38 años encima, Clemente estaba en capacidad de jugar unas tres temporadas más. En el año 72, afectado por algunas dolencias, Clemente vio acción en 102 juegos y registró el tercer porcentaje de los Piratas con .311 puntos impulsando 60 carreras con 118 cohetazos, entre ellos 10 jonrones, 7 triples y 19 dobles, todo eso en sólo 378 turnos oficiales. Clemente cerró fuerte la temporada del 72 y se consideró que en 1973 podría participar en unos 140 partidos. Por supuesto, que en la bola de cristal no se veía un quinto título de bateo, ni otra temporada de 200 hits, pero dada su fenomenal calidad, era de esperarse otra campaña de .300 puntos que hubiera sido su número 15 y posiblemente su guant e de oro número 13 en forma consecutiva.

Todavía es dueño de cuatro lideratos ofensivos en la historia de los Piratas: Juegos Jugados con 2 mil 433 igual que Honus Wagner; Veces al bate con 9 mil 454; Hits con 3 mil delante de los 2 mil 967 de Wagner; y Total de bases con 4 mil 492. Cerró con 3 mil hits, 240 jonrones, mil 305 empujadas, mil 416 anotadas y .317 puntos de porcentaje a lo largo de 18 temporadas.

dplay@ibw.com.ni

Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus