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Cuba siempre fue poderosa al bate, desde antes de la jefatura de Fidel. Sin embargo, en el cierre de los 60 y el inicio de los 70, el equipo antillano dependió más de su pitcheo para poder ejercer dominio. En la final del Mundial de Dominicana, el Curro Pérez superó a Larry Osborne en gran duelo, y los cubanos se olvidaron del swing de bola larga para ganar apretadamente.

En 1970, el tirador de curva con nudillos, Burt Hooton, los dejó sin hit, y fue necesario un trabajo extra de Huelga para que Cuba se impusiera en aquel Mundial; en el 71, Changa Mederos derrotaba 1-0 al zurdo Antonio Herradora al entrar el juego al noveno inning durante un duelo de invictos con Nicaragua; en el 72, Cuba triunfó en varios partidos cerrados y su line-up fue blanqueado por Julio Juárez.

Cambiar de madera para aluminio incrementó bruscamente el poder de todos, pero fundamentalmente, el de los cubanos, dueños de una estructura física impresionante en la mayoría de sus hombres, con una excelente preparación atlética y la garantía de un adiestramiento técnico envidiable.

En 1978, con Cheito al frente descargando 15 jonrones, los cubanos aprovecharon el pequeño parque de Medellín para hacer estragos. Lo que vimos en esa ocasión fue un atropello sin precedentes, pero el pitcheo antillano también sufrió mucho.

En los años 85 y 86, Cuba reunió un line-up verdaderamente devastador. Tanto en Edmonton, como en Caracas, Holanda y Dominicana, no dejaron títere con cabeza. Parecían las tropas de Atila derribando verjas.

Revisemos aquel roster eriza-pelos: Omar Linares, saliendo de la Selección Juvenil, estaba en plena etapa de crecimiento como súper estrella; en Edmonton fue el lead-off haciendo estragos y sus actuaciones en Caracas, Holanda y Dominicana fueron un certificado de su futuro resplandeciente…Antonio Pacheco, excelente segunda base y un bateador de tacto y poder que provocaba escalofríos…Luis Giraldo Casanova, considerado el “Roberto Clemente” del béisbol amateur”, era un jugador elegante y muy hábil manejando un swing sencillo en su deslizamiento pero con violencia impresionante…Antonio Muñoz, seguía siendo “El Gigante” del Escambray; en 1980, había conectado el batazo más importante de su carrera con la Selección, resolviendo un duelo de ceros en el Mundial de Japón.

Disparó un auténtico misil que pasó entre dos aviones…Orestes Kindelán ya estaba mostrando su dentadura, su musculatura y su poder extra-terrestre que asombró a la clientela en Atlanta, diez años después…Lourdes Gourriel, bateador oportuno capaz de absorber cualquier carga de presión, era demoledor; en 1988, sacó a Cuba del hoyo frente a USA antes de los Olímpicos de Seúl…Luis Ulacia no ponía bolas en órbita, pero era un acróbata en el campo corto, eficaz bateador de líneas y volaba en los senderos, en tanto el súper-agresivo Víctor Mesa y el altamente peligroso Pedro Medina, par de granadas activadas en el cajón de bateo, completaban ese ataque capaz de simplificar a batazos una guerra como la del Peloponeso.

Bate de aluminio y bola viva, convirtieron a ese grupo de cubanos entre el 85 y el 86, extendiéndose al 88, en fabricantes de marcadores insólitos y records espeluznantes.

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