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EL PAÍS / ESPAÑA
Contra la permeabilidad de la crisis, Robben y Casillas son un estupendo remedio. Protagonista indiscutible antes del fin de año, frente al Valencia, el holandés liquidó al Villarreal, otro rival directo en la cumbre, con un golazo. Pura orfebrería para resolver un duelo atractivo y emocionante, de ida y vuelta, con dos porteros acunados en la Ciudad Deportiva que mantuvieron a dieta el marcador hasta culminar el 1-0.

El mejor Madrid del curso hizo que al conjunto castellonense se le eternizara el primer acto; un Villarreal empinado provocó que al equipo madrileño se le hiciera larguísimo el segundo capítulo. En uno y otro tramo, Diego López y Casillas demostraron por qué no podían compartir cartel en Chamartín. Dos porteros de tanta categoría son un lujo excesivo para cualquier club.

El partido dejó otras huellas, como las de Pepe, imponente como sostén defensivo. Entre los guardametas, Robben y el central portugués restaron foco a los dos novatos, Lass y Huntelaar, en su primer paseíllo. Ordenado, sensato y firme el primero; detallista y aún sin físico el segundo. Ninguno de los dos ha llegado como alquimista y no se presume que se conviertan en el tuétano del Madrid, pero ambos tienen hueso como futbolistas auxiliares. No lo serán en la Liga de Campeones tras la chapuza del abarrotado departamento de Pedja Mijatovic, pero este Madrid necesitaba cirugía, maquillaje.

Este Madrid busca la pelota donde el de Schuster de esta temporada simplemente echaba un vistazo desde lejos. En esta labor, la abnegación de Raúl resulta capital. Con la corneta del capitán, el conjunto blanco trastornó al de Pellegrini, que sin balón queda decapitado. Es un equipo de trazo liviano, enhebrado alrededor de la pelota, que juega tan en corto que su hedonista apuesta convierte su fútbol en un susurro permanente.

Al margen de sus centrales, es un cuadro poco visceral. Impedido el Villarreal, en el que Rossi y Nihat, dos virtuosos en carrera, no tenían otra opción que jugar de espaldas, el Madrid mantuvo el control absoluto del encuentro. Lo hizo con vigor y buenas maneras. El cartesianismo de Lass, bien en el quite y pulcro en el pase; la amenaza permanente de Sneijder, la constancia de Raúl y el doblete de Robben y Ramos por el costado de Capdevila enriquecían a un Madrid desconocido, con la defensa adelantada, con Pepe ejerciendo de Pepe y de Cannavaro, y mayor velocidad en la circulación.

En pleno asalto madridista, con su adversario sin el sustento del balón, Robben culminó la jugada de una sobremesa nada frecuente en el Bernabéu. Juande quiere al zurdo holandés, que ya había rematado al larguero en el inicio del partido, en la banda derecha, donde anula su posibilidad de centro, pero estimula su indiscutible vocación de solista. Al jugar por su lado ortopédico, Robben, como Messi, tiene como objetivo remar hacia el balcón del área. Así ocurrió a la media hora, cuando, por velocidad y con su cintura del Bolshoi, desbravó a Capdevila, Eguren y Senna antes de enroscar la pelota con el empeine interior de la pierna izquierda. El balón hizo un arco imposible para Diego López. Un gol de fantasía que justificó el buen ejercicio del Madrid en el primer tiempo.