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Durante 25 temporadas, Rickey Henderson nunca estuvo quieto. El mejor primer bate en la historia del béisbol no podía estarlo, fue un potro sin freno, cargado de electricidad, capaz de escapar a los reflectores y desaparecer ante un estadio lleno, un robador de bases incontrolado y un bateador derecho con fineza de pianista, y además, el necesario poder para colocar pelotas en las tribunas.

¿Qué equipo no quería tener a Rickey Henderson abriendo fuego? Él anduvo largo tiempo con un fósforo encendiendo mechas y provocando explosiones de diferentes tipos. Hasta que la llama comenzó a reducirse y lo obligó al retiro. Aún colgados, sus spikes permanecieron vibrando, como si tuvieran una liebre adentro, reclamando acción.

Las puertas del Salón de la Fama se abren mañana para el aterrizaje anunciado de Rickey. No hay forma de evitarlo. Sólo él está fijo, mientras Jim Rice toma su última oportunidad al completar 15 años en las boletas; Bert Blyleven se colocará a la orilla del teléfono con sus esperanzas golpeadas por una subestimación inexplicable; Mark McGwire seguramente estará pendiente como Jorge Luis Borges en vida por el Premio Nóbel, pero no muy entusiasmado, igual que el argentino año tras año; y Andrew Dawson confía en que una amplia iluminación permita que lo valoren correctamente.

Hay quienes han visto desvanecer el suspenso, como Jack Morris, quien no espera nada, el sorprendentemente inadvertido super-relevista Lee Smith, el zurdo cerebral Tommie John, el bateador Don Mattingly y tantos otros, que seguirán sufriendo mientras sean material disponible para consideraciones.

¿Por qué Rickey indiscutible? Sencillo, porque el sol brilla, la tierra se mueve, la poesía nos emociona, el mar es inmenso y su utilidad como pelotero por encima de los estándares estuvo siempre latiendo, como el corazón de un pájaro enjaulado.

Con una rapidez asombrosa, Henderson, quien nació en 1958 y debutó con Oakland contra Texas en 1979, saltó encima del récord de robos de la Liga Americana establecido por Ty Cobb con 892, y de inmediato continuó a bordo de un imaginario tren bala, en persecución de los 938 logrados por Lou Brock. Atravesando por ese esfuerzo, robó 130 bases en 1982 burlando a todos los sheriffs existentes. Uno piensa que esa marca resistirá las embestidas de todos los vientos y superará el paso del tiempo.


No sólo se trata de saludar al Rey del robo de bases, sino de reconocer a un bateador de 3055 hits, que anotó 2295 carreras, conectó 297 jonrones incluyendo dos temporadas de 28, y aunque nunca registró 200 imparables, consiguió más de 100 bases por bolas en siete campañas.

¿Cómo evitabas que Rickey Henderson robara una base? Con el pitcher de frente a primera con su escopeta lista olvidándose del bateador, o el catcher en pie, adelante del bateador, con su brazo amartillado, o esperando que se resbalara en el intento y cayera. Henderson fue un asaltante de tiempo completo.

Visto desde cualquier butaca, Rickey es tiro seguro.

Jim Rice debería estar adentro, pero durante 14 años lo han mantenido afuera. Rice obtuvo en 2008 el 72 por ciento de los votos, es decir que estuvo muy cerca del 75 requerido. ¿Lo logrará mañana?
En seis de sus 16 años con Boston, peleó el título Más Valioso de la Liga Americana seis veces, terminó con 382 jonrones, llegó a alcanzar más de 400 bases en una campaña, disputó centímetro a centímetro el título Novato del Año en 1975 a Fred Lynn, muestra cuatro temporadas con 200 o más hits y ocho encima de los 100 remolques, fue un eficaz bateador bajo presión en todo instante.

¿Será el momento para Bert Blyleven? Ojalá amigos, porque es justo. No ganó 300, pero sí 287 trabajando para equipos que no alcanzaron un gran nivel de competencia; sus 3,701 ponches son la tercera marca de la historia, construyó 60 blanqueos y completó 242 juegos en una carrera de 22 años.

¿Cómo cerrarle las puertas a un pitcher así?
Por ahora la gran intriga gira alrededor de quién o quiénes pueden acompañar a Rickey Henderson, o si el gran pelotero que jugó la mayor parte del tiempo con Oakland, agregando buenos años con los Yanquis, entrará solo a la Catedral del Béisbol.

Sherlock Holmes está averiguando eso junto con el Dr. Watson.