Edgard Tijerino
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Así como no se podía hablarle del Premio Nóbel a un frustrado Jorge Luis Borges, no le hablen a Luis Tiant del Salón de la Fama. Por favor, no lo incomoden. Borges murió sabiendo que merecía el Nóbel que nunca le concedieron, en tanto Tiant vive herido, todavía sangrando, por haber estado durante 15 años, colgado inútilmente a esperanzas que se fueron esfumando.

¿Cuántos puros se fumó Tiant esperando una llamada de Cooperstown? Nadie lo sabe, ni él mismo. Pero esos años en los que se sintió atravesando por una larga agonía, no acabaron con su buen humor. Cada vez que he encontrado a Tiant, sus ojos brillan, sigue retorciéndose el bigote, acariciando la barba y bromeando sobre pasado, presente y futuro, hinchando más su tórax.

Vi trabajar a Luis Tiant en nuestra Profesional, pero desde lejos. ¿Qué era yo en ese tiempo? Un estudiante del Ramírez Goyena que se colaba en las gradas de sol para ver los juegos. En 1975 ya tenía un buen rato de estar trabajando como cronista, y viajé a México para reportar los Panamericanos. El evento coincidió con la Serie Mundial que enfrentó a Rojos con Medias Rojas, una de las mejores de todos los tiempos, y yo decidí poner a un lado el interés por los Panamericanos, instalándome frente al mejor televisor en la Sala de Prensa.

Así que, genuinamente emocionado, antes de conocerlo por medio de Tony Castaño y establecer amistad cuando estuvo aquí en varias gestiones, vi a Tiant derrotar dos veces a la famosa “Maquinaria”, incluyendo esa formidable blanqueada por 6-0, derritiendo los bates de Pete Rose, Johnny Bench, Tony Pérez, César Gerónimo y David Concepción, neutralizando los dos hits de Joe Morgan, otros dos de George Foster, y el que disparó Ken Griffey padre.

Tiant tenía un estilo peculiar. En cierto momento, estaba de espaldas al bateador y de frente a la segunda base. Luego, con su pierna izquierda levantada y arrimada al cuerpo, iniciaba un contoneo para culminar su giro viniendo hacia el plato, con esos disparos siempre impredecibles. Daba la impresión de ser un agente secreto en la colina.

Tiant es recordado, no sólo en Cleveland y Boston, como un gran pitcher. El béisbol lo reconoce como tal. Sin embargo, los expertos calibradores de las cifras construidas por el talento y las facultades no lo dejaron entrar a Cooperstown por la vía de los votos, negándole el 75 por ciento.

Tiant no ganó 300 juegos –tampoco Jim Palmer o Sandy Koufax-, no tiró un no hitter –igual que Steve Carlton y Greg Maddux-, no ganó un Cy Young –algo que duele a Nolan Ryan-, pero fue tan bueno o ligeramente superior a pitcheres del Salón como Jim Hunter y Don Drysdale, sólo por mencionar dos casos.

Cuatro temporadas con 20 o más victorias, porcentajes de 1.60 y 1.91 en efectividad, más ponches que Palmer (2,416), más entradas que Drysdale (3,486), 49 blanqueadas, 187 juegos completos y 229 triunfos en 19 años. Tiant debería estar en Cooperstown.

“No me hables más de eso chico”, responde ahora cuando le tocan el tema,
tratando de ocultar la herida y la sangre.