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La vida es un misterio, la luz ciega, el secreto ideal duerme en las sombras. ¡Ah!, si Rubén hubiera visto en acción a Rickey Henderson quizás habría agregado: la rapidez provoca asombro.

No, el poeta no pudo ver al relampagueante pelotero. Se perdió disfrutar de ese impulso fantástico recortando el tiempo del vertiginoso movimiento fantasmal proyectándose hacia la siguiente almohadilla, de esos deslizamientos abre surcos, del gran total de 1,406 robos de base anunciados, de esa destreza que convirtió a Henderson en el más brillante primer bate de la historia.

El hombre que siempre dio la impresión de estar fugándose de la Lámpara de Aladino, entró zumbando al Salón de la Fama que le da vida y significado a Cooperstown. Con 511 votos, lo que le permitió alcanzar un porcentaje de 94.8, Henderson abrió las puertas que certifican la grandeza de un pelotero, delante de Jim Rice, quien en su último intento después de 14 años de frustraciones, se metió hasta la cocina con el 76.4 por ciento.

Lamentablemente, volvieron a rebotar Andre Dawson, Bert Blyleven, Lee Smith y Jack Morris, pero mantienen latiendo sus pretensiones. Posiblemente, lo ocurrido con Rice los estimule.

Desde 1928, época de carretas naguas, de calles polvorientas, de monos ocultos, de pobreza benigna, la marca de 892 robos establecida a lo largo de 24 años por el legendario Ty Cobb había permanecido tan imperturbable como la redondez del planeta y la inmensidad de los océanos. Cobb, quien nunca robó 100 bases, era también el dueño de la marca para una temporada con 96 en 1915, jugando para los Tigres.

Lou Brock apareció en escena en 1961 con los Cardenales. Un negrito angosto y flexible, con mirada de pantera y músculos nerviosos. No tuvo oportunidad de robar en cuatro juegos, y en 1962, lo hizo 16 veces en 123 partidos. Ninguna señal de estar alertas con él.

Brock tardó cuatro temporadas más para mostrar su velocidad. En 1966 robó 63 bases y el año siguiente, con 74, consiguió su primer título en la Liga Nacional. Y continuó hasta alcanzar la cima en 1974 cuando realizó 118 robos, movilizando a la Interpol y al FBI. Cuando se retiró en 1979, sus 938 robos fueron vaticinados como imborrables.

Precisamente ese año, Henderson, también bateador de 3,055 hits, inició lo que sería una espectacular trayectoria de 25 años. Robó 100 bases en su segunda campaña y logró 130 en su cuarto año, continuando con 108 en 1983. ¡Diablos!, Rickey era capaz de salir corriendo con la Gioconda debajo del brazo, zigzagueando entre los vigilantes del Louvre, dejando al mundo con la boca abierta.

La supuesta marca imposible de Brock fue atropellada, convertida en astillas. Los 1,406 robos de Henderson superan en 468 los Brock. ¿Se imaginan eso? El equivalente a cuatro temporadas de 100 y una “discreta” de 68, exactamente la cifra que le permitió a Willie Taveras, de los Rockies, ser “El Rey” en 2008.

Un torbellino de fuego, eso fue siempre Rickey Henderson en los senderos.