Edgard Tijerino
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Un jugador que no se parece a nadie, que en la cancha se transforma en un huracán, que puede aparecer en cualquier instante y en cualquier sector haciendo sentir su presencia, que es capaz de la maniobra corta desequilibrante o escaparse por las rayas como corsario desbocado, que logra imponer su autoridad en la lucha cuerpo a cuerpo, que es peligroso en el juego aéreo por el poder y la dirección de su cabeza, y que además, es temible cobrando tiros libres, arrogante para mostrar la confianza que se tiene y humilde para correr con desesperación en busca de cada pelota, aún de las que parecen intrascendentes, ése es el portugués Cristiano Ronaldo.

En la Ópera de Zúrich, el Rey Pelé le entregó ayer a Cristiano Ronaldo el reconocimiento de la FIFA como el mejor futbolista del planeta y sus alrededores en 2008. Fue algo justo, sin espacio para polemizar porque su accionar fue decisivo para que el Manchester United ganara la Liga Premier, la Champions y el Mundial de clubes, y aunque Cristiano no pudo evitar que Portugal naufragara en la Eurocopa, su frecuencia goleadora y facilidad para convertirse en el ombligo del espectáculo le permitieron obtener 931 puntos, por 678 del prestidigitador argentino Lionel Messi, alma y nervio del Barcelona, y 203 del español Fernando Torres, quien brilla con el Liverpool y la Selección de su país.

Cuando además de marcar 42 goles en 48 partidos jugando para el Manchester, puedes sostener la inspiración y seguir manejando la destreza en otras funciones, respondes plenamente como el punto de apoyo que un equipo necesita para asegurar su crecimiento frente a los mayores retos. Ahí queda graficada la indiscutida importancia de Cristiano Ronaldo y la justificación del trofeo.

Cada día que pasa es más difícil prevalecer en el firmamento del fútbol mundial. Los súper-astros se han multiplicado y la voracidad por superarse está presente en cada cancha. La revisión de escuadras en el fútbol europeo, con los mejores del mundo fajándose bravamente, complica las valoraciones.

Hace cuatro años Ronaldinho estaba en la cima, siendo desplazado en 2006 por Fabio Cannavaro, raro caso de un defensa volando tan alto, y en 2007, el joven Kaká se lanzó al asalto después de haber impulsado al Milán a la conquista de la Champions. Ahora está Cristiano Ronaldo con su fútbol huracanado, con Lionel Messi amenazante, muy bien armado y estimulado.

No hay tregua, el portugués lo sabe. Hay que quitarse el traje y la corbata, salir de la Ópera en Zúrich y saltar a la trinchera lo más pronto posible, para seguir moviéndose entre las brasas, superar obstáculos mostrando audacia y brillantez, y responder a las expectativas.

Por ahora, brindemos por Cristiano Ronaldo.