•  |
  •  |
  • END

El decrecimiento experimentado por el deporte cubano en el ciclo 2004-2008 es multicausal, pero reversible en algunas disciplinas.

“El hecho de que participen más naciones y las competencias sean más duras es en parte una victoria del ejemplo de Cuba. Pero nos hemos dormido en los laureles. Seamos honestos y reconozcámoslo todos”, Fidel Castro, 24 de agosto de 2008.

El ciclo olímpico 2008-2012 empezó el mismo día en que se apagaron las luces de la clausura en el estadio Nido de Pájaro, de Beijing. Para Cuba, la nueva etapa significó impulsar un análisis que el máximo líder de la Revolución, Fidel Castro, había convocado desde antes, en su Reflexión del 16 de julio de 2008. “¿Por qué no esperamos el final de las Olimpiadas para discutir a fondo y de forma verdaderamente democrática la responsabilidad de todos los que tienen que ver con el deporte cubano?”.

Los resultados en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Cartagena 2006 enviaron la primera alerta, que para muchos resultó una sorpresa, dado el alejamiento por ocho años de ese entorno (no fuimos a San Salvador 2002), en tanto, otros la minimizaron con los argumentos de un calendario favorable a los anfitriones, ligeros problemas de preparación en algunos deportes y la solidaridad de Cuba con naciones del área, razones válidas, pero que impidieron apreciar el problema en su mayor magnitud.

Las señales más claras, pero menos comentadas y asumidas estuvieron en la efectividad de victorias, cifra que bajaría mucho más si contáramos, con toda justicia, a los finalistas en atletismo, natación, tiro, gimnasia, y otros eventos cuyas preseas se reparten entre más de dos candidatos. Otro elemento contundente: once deportes terminaron con balance negativo en doradas al compararse con la última edición en que participamos, Maracaibo 1998 (más acentuado en gimnasia artística y rítmica, tiro y natación), en tanto, sólo tres crecieron discretamente (judo, tae kwon do y atletismo).

Lejos de los números, que siempre importan, nuestra delegación cedió terreno, entre otros aspectos objetivos, por falta de equipamiento de nivel (recordemos el tiro con arco, la esgrima y el patinaje), incorrecta organización y planificación de los entrenamientos, pocos topes internacionales y deficientes condiciones de vida en los centros de alto rendimiento, léase escuela de gimnasia a medio concluir, piscinas sin agua caliente, equipamiento incompleto de pesas en muchas selecciones, etcétera.

La obsesión de los brasileños de desplazar a Cuba del segundo lugar del medallero no se produjo por mínima diferencia. La historia resultó muy similar al año anterior en cuanto a efectividad de triunfos en finales (la más baja de las tres últimas ediciones).

Los mismos once deportes maltrechos de Cartagena aportaron diez oros menos que cuatro años antes en Santo Domingo 2003. Sólo entre la gimnasia, el remo y el judo se perdieron 14 oros de unos Juegos a otros. Nada fue casual.

Con la honrosa excepción de las pesas, el tiro con arco, el atletismo y el tae kwon do, Cuba descendió espacios dorados, medallas y lugares cimeros en casi todas las modalidades. Otra vez el alto nivel de los contrarios, la condición de sede de Brasil y errores técnico-tácticos en momentos decisivos se argumentaron con fuerza y realismo, por no pocos especialistas para explicar la dura porfía en la que se puso en peligro el histórico segundo lugar de Cuba en estas lides desde 1971.

Pocos hablaron entonces del nivel de deterioro en la relación alto rendimiento-categoría juvenil (cada vez es menor en cantidad y calidad la cantera de donde escoger para los equipos mayores en todas las disciplinas); de la situación particular en la gimnasia artística (salida de muchachos para otras áreas más atractivas como el circo; los incompletos materiales para trabajar en la escuela nacional y la necesaria actualización metodológico-técnica), así como del deterioro creciente en las instalaciones y los albergues de la Escuela Superior de Formación de Atletas Cerro Pelado, que atentaron —y atentan todavía— contra la óptima preparación.

Desde los Juegos Olímpicos de Sydney 2000, cuando rubricamos la segunda mejor cosecha histórica de títulos y medallas (11 y 29, respectivamente), era evidente que necesitábamos reconsiderar muchas cosas que ocurrían en el deporte elite o de alto rendimiento.

El propio Fidel, al regreso de la cita cuatrienal de Atenas 2004, con su extraordinaria visión del futuro expresó. “Hay que estudiar a fondo todos los programas y todas las técnicas… debemos hacer un examen minucioso de todos y cada uno de los deportes… la historia tendrá que hablar del deporte cubano, no por lo que hemos hecho, sino por lo que haremos en los años venideros”.

Sin embargo, la materialización de esos pensamientos quedó por debajo de lo que esperábamos. La deserción de cinco potenciales campeones olímpicos meses antes de Beijing (boxeo, judo y lucha), las decisiones arbitrales injustas en esos mismos deportes y el tae kwon do, así como actuaciones por debajo de lo esperado de medallistas mundiales, dejaron para la delegación un saldo anémico de dos títulos y sólo trece discusiones directas en finales, con la efectividad más baja desde Munich 1972, cuando tuvimos a los tres primeros monarcas olímpicos de la Revolución.

Sólo ocho deportes pudieron marcar en el casillero de las preseas, con el agradable estreno plateado del ciclismo en este concierto, pero la triste sequía de tradicionales triunfadores como el canotaje, las pesas, la esgrima, el voleibol y la lucha libre. Fue perceptible cierta presión psicológica de nuestros atletas y la falta de ciencia aplicada al deporte, específicamente en el estudio de contrarios para detectar sus debilidades. El honor de la comitiva sí llegó a las nubes, pero la cultura deportiva del pueblo permitió sacar sus conclusiones, con más o menos elementos de los aportados aquí.