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¡Qué embriagadora fue esta victoria histórica! Ha sido un momento de magia pura, sólo tejido en la mente de los más audaces soñadores. Dos goles de fina artesanía con toques de espectacularidad, concretados por la cabeza certera y la zurda precisa de Samuel Wilson, terminaron de sepultar a Guatemala, mientras Nicaragua obtenía algo sin precedentes, un boleto para estar en la Copa de Oro, que será el máximo reto de todos los tiempos.

“Para nosotros es como ir a una Copa Mundial”, dijo el entrenador Otoniel Olivas sin exagerar un milímetro, aferrándose al significado que tiene para el equipo pequeño mostrando un sorprendente crecimiento, ir a ese exigente evento.

Las acciones ofensivas coronadas por Wilson, fulgurantes, con esa belleza que proporcionan cuando se juntan, esa gama de virtudes tan apreciadas como son la rapidez, la prontitud, el entendimiento, la destreza y la realización, nos emocionaron tanto, que al levantarnos de las butacas, los huesos estaban sudando, pero revestidos por una satisfacción indescriptible.

Al minuto 39, Wilson recibe una pelota por el centro, avanza un poco y abre para Wilber Sánchez por la izquierda. El desborde funciona junto a la raya mientras Wilson se abre paso hacia el área, y cuando Wilber lo capta, envía el pase largo, por arriba, bien medido para que Wilson, dejando a dos defensas con la boca abierta y sus ojos desorbitados, consiga la penetración asestando el cabezazo que inutiliza al arquero Jerez, entrando el balón junto al poste izquierdo. Un gol a la europea, como dibujado por Fidias en una mesa de arquitectura.

Apoyándose en ese gol, Nicaragua fue más equipo que Guatemala, mientras el tiempo caminaba, primero y después corría. Uno se preguntaba: ¿cuál es el equipo pequeño? La tropa de Otoniel Olivas, retando al desgaste, se veía con suficiente energía y con más pegada que Guatemala, llegando más y disparando desde lejos, fabricando problemas.

Qué importaban las combinaciones cortas de los guatemaltecos, si tenían que acercarse mucho y fallaban en la última entrega, o carecían de la fortaleza y el atrevimiento para inquietar al arquero Mendieta, quien tuvo que esperar hasta el minuto 80, para responder a un reclamo eriza pelos, sacando con su mano derecha un cabezazo envenenado de Maynor López, evitando el empate.

Y en el minuto 91, como en el final de un libreto de Simenon, o de Agatha, el joven Barrera que maniobra con esa confianza que te inyecta la habilidad, cruza hacia la izquierda para el ingreso fulminante de Wilson, que sin perder una fracción de segundo, remató con zurda iluminando el Estadio con luz solar, sacudiendo las redes para sellar la gran victoria 2-0.

A esa altura, nadie se acordaba del casi gol que no pudo realizar Wilber Sánchez a los 3 minutos, cuando todos nos anticipamos a gritar con los pulmones hinchados. Cuando sonó el silbato por última vez, para Guatemala, desesperación y pánico ya no tenían sentido. El equipo chapín cayó de rodillas con una mezcla de shock y estupor.