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¿Hace cuánto tiempo fue el terremoto de 1972? Han pasado 36 años y unos meses, y seguimos ingenuamente aferrados a la posibilidad de ver restaurado el estadio que construyó Somoza en 1948, hoy convertido en ruinas, precisamente en el ombligo de una zona peligrosa, no recomendable para invertir.

Durante 36 años hemos sido incapaces de darle forma a un proyecto serio y por supuesto consistente, para proporcionarle al deporte rey aquí en Nicaragua una buena instalación, no como aquella que nos deslumbró en el 72 y nunca la pudimos disfrutar después del Mundial al ser convertida en una burla cruel del destino, sino lo necesariamente funcional para responder a las exigencias de nuestro agrietado béisbol.

No es posible que mientras Julio Rocha con su dinámica, conexiones y gestiones incansables esté haciendo crecer un estadio de verdad para el fútbol, la gente del béisbol se resigne a jugar entre las ruinas, o refugiarse en un parque pequeño y todavía incómodo.

Recuerdo cuando se jugó en la “Quinta Susana” y en la UCA, dando tiempo para colocar algunos vendajes en las heridas más visibles del que fue llamado “Coloso de concreto”. Se han hecho muchos esfuerzos, y el viejo estadio ha seguido llenándose de arrugas, cubriéndose de canas, viendo multiplicarse las telarañas, escuchando ruidos extraños, provocando temor. Hace 36 años dejó de ser el robusto tronco de árbol al hombro de un campeón.

Ese estadio del Instituto de Deportes ofrece grandes posibilidades de ser ampliado y acondicionado, si se le aplica una inversión adecuada. Realizando un estudio y elaborando un diagnóstico, se podrían ampliar sus graderías para abrirle espacio a 8 ó 10 mil aficionados, cifra excelente para esta primera etapa.

Luego está la iluminación, tan necesaria para el béisbol pinolero, que exigirá urgencia. Cuando con el apoyo cubano se volvió a iluminar el viejo estadio, para presentar el “Cayasso” de 1987 con aquel re-encuentro entre los ya retirados peloteros que protagonizaron el Cuba-Nicaragua de 1972, vivimos una noche de fiesta, casi tan ruidosa como la de 1957, cuando por vez primera fuimos a ver béisbol mientras el sol recargaba sus baterías para el día siguiente.

El Estadio del Instituto, al que hay que proporcionarle una pizarra manual lo más pronto posible para que el público esté al tanto del conteo, del marcador y de los outs, parece apropiado para poner en marcha un interesante proyecto que le permita a la capital contar otra vez con un estadio para el béisbol.

Claro, es una tarea intensa que implica costos fuertes, pero si el fútbol lo está haciendo, ¿por qué no el béisbol? Para el gobierno actual, capaz de atraer el interés de los empresarios privados, debería ser un reto para tomarlo por los cuernos y realizarlo.


El viejo estadio puede ser útil de diferentes maneras en otros aspectos, no sólo para mal contar votos.