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¿Qué tan largo puede extenderse la inspiración? Por nueve innings, respondería Porfirio Altamirano, quien la noche del 17 de diciembre de 1976, construyó una increíble blanqueada cinco por cero contra Cuba, en el reunificador Mundial de Colombia.

Lo más extraño: ver a Cuba sin sacar el menor provecho de una ofensiva de 11 imparables. Ese guajiro con corazón de león, nos demostró cómo se puede atravesar por un campo minado zigzagueando, y llegar ileso al otro lado, con el puño en alto.

Cuba, ganador de seis juegos hasta ese momento, había perdido sorprendentemente con Dominicana 13-12 en una fiera batalla; Nicaragua, en tanto, venía de perder con Puerto Rico, superar a Holanda y derrumbarse frente a Japón, antes de iniciar una consistente recuperación derrotando consecutivamente a México, Corea, Panamá y Dominicana.

Con balance de 5-2, se necesitaba evitar un tercer revés para mantener latiendo pretensiones, porque Puerto Rico (7-1) estaba adelante de Cuba (6-1), y el torneo quedaba recortado a sólo dos juegos más por equipo, en nuestro caso, contra Colombia y China.

La más terrible misión: vencer a Cuba, crecía en dificultad por enfrentar a Braudilio Vinent, calificado en esos momentos como el mejor pitcher amateur del mundo, y con racha de seis años sin perder en torneos internacionales.

A un lado del asombro, nos preguntamos: ¿cómo fue posible blanquear a los cubanos permitiendo 11 hits y otorgando tres pasaportes? No, no podíamos creer que con 14 hombres circulando en las bases, Cuba no anotara carrera. Sin embargo, ahí estaba la pizarra luminosa, como una prueba irrefutable de lo ocurrido.

Altamirano fue un maestro manejando complicaciones con un trabajo lleno de valentía y caracterizado por la efectividad bajo presión. Porfirio sólo necesitó ponchar a seis adversarios.

Esa ofensiva de cuatro carreras en el inicio del cuarto inning asaltando a Vinent, fue galvanizante. Los nicas sacaron el máximo provecho con tres hits, uno de ellos dentro del cuadro, y otro impulsador de Julio Cuarezma, para edificar esa ventaja que resultó suficiente garantizando la tranquilidad del “pistolero” derecho pinolero.

El antesalista cubano Cheíto Rodríguez no pudo sacar la pelota de su guante, y Ernesto López se adjudicó un sencillo. Sobre el machucón de Vicente, el pitcher Vinent, aguijoneado por la presión, metió la bola al rincón del jardín izquierdo, tratando de forzar en tercera. Para remate, Marquetti vio cómo una pelota escapaba de su mascotin cuando el out había sido decretado en primera.

Nicaragua 4-Cuba 0. ¡Diablos!, ¿era cierto?
En el octavo, con la desesperación apretando el cuello de los antillanos, el jonrón de Ernesto López contra Oscar Romero, establece cifras definitivas. Esa “dentellada” fue una especie de tiro de gracia, pese a la reputación de los cubanos como “robadores” de botín a última hora.

Siete hits le bastaron a los nicas para estructurar la gran victoria por cifras categóricas de 5-0. Cuba en cambio disparó 11, todos sencillos, pero su ataque se vio inutilizado cada vez que se le presentaron situaciones favorables.

El temible enemigo de Porfirio fue el toletero Marquetti, que disparó cuatro hits, aunque sin mover la pizarra. Es decir, ni siquiera le alcanzó para ser un farol en la niebla.

Han pasado 31 años, pero el recuerdo, tercamente, no se debilita.