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En el Salón de la Fama, no hay lugar para arrepentidos. Así que, lo siento por Alex Rodríguez, quien fue por mucho tiempo, el pelotero ejemplar y de mayúsculo rendimiento que todos querían ser. Un modelo a prueba de balas.

Rodríguez de 33 años, golpea las paredes con su cabeza antes de caer de rodillas, hacer saltar los botones de su camisa, mostrar su pecho acribillado por las críticas, y admitir emocionalmente estrangulado: Soy culpable de haber usado sustancias prohibidas.

Ciertamente, nadie es perfecto. Hace unos 35 años, cuando yo era un fanático de los bets sellers y los perseguía por aire, mar y tierra, leí un libro de Irving Wallace titulado El documento R, en el cual un policía sin escrúpulos llamado Vernon Tynan, ordena la investigación de un sacerdote intachable, provocando asombro entre sus subordinados, pero advirtiéndoles: nadie es perfecto, algo le vamos a encontrar. Y así ocurrió.

Siempre impacta el desvanecimiento de los ídolos. Y no es que sean de barro, sino que sencillamente son humanos, expuestos a la fragilidad, como cada uno de nosotros. Lo importante y decisivo, es batallar contra nuestras debilidades y superarlas.

“Fui estúpido, ingenuo, quería probar de todo”, dijo Rodríguez, más abatido que después de batear para doble play con las bases llenas, cerrando un séptimo juego de Serie Mundial con el empate en tercera, reducido a .000 en promedio.

Es raro, muy raro, quien no cambia cuando ingresa a las esferas de la opulencia. “Soy el mismo”, me dijo en 1975 Carlos Monzón en el hotel Tamanaco de Caracas, mientras tomaba champán y esperaba por la compañía de Susana Jiménez, quien nadaba en la piscina. “No, no sos el mismo”, le dije con certeza. Y no lo era.

Tampoco lo es Rodríguez, el muchacho que ayudaba a su madre a contar las propinas que obtenía como mesera día a día. Dificilmente sos el mismo cuando firmas un contrato de 252 millones de dólares por 10 años, y más adelante, peleas por conseguir un aumento que te acerque a los 30 millones por temporada.

No eres el mismo, cuando después de ser el atleta humilde y buen alumno de la Universidad de Miami, quieres ser el Rey del Mambo en Nueva York y te molesta el liderazgo de Derek Jeter, no cuando quiebras una larga relación desde la época de la dureza y te atrae la compañía de Madona.

Ser el mejor se convierte en una obsesión tanto para Miguel Ángel como Jorge Luis Borges, Tiger Wood, Bobby Fischer y Alex Rodríguez. El gran artillero se colocó en camino de ser el dueño del más grande de los récords, el de jonrones, con la misión de limpiarlo, no de mancharlo más. Era el permanente candidato para Más Valioso esquivando su falta de funcionamiento en la postemporada. Pero no resistió la tentación de los aditivos, y entre 2001 y 2003, los utilizó.

“Lo lamento. Estoy arrepentido. Después comprobé que no los necesito”, dijo. Lo siento Alex, Charles Atlas también muere porque nunca existió, le diría Sergio Ramírez.

dplay@ibw.com.ni