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¡Cómo azota esta tormenta al ídolo herido, sangrando y con su futuro súbitamente borroso! Seguramente Alex Rodríguez quisiera estar en otro planeta, o quizás oculto en pueblos como Comalá o Macondo, lejos de este ruido enloquecedor. Pero fue él con su desviación hacia lo prohibido quien fabricó la tempestad.

No borrarán sus cifras, luego –como Rose, Bonds y Clemens- su fama sobrevivirá, aunque no tenga sitio en el Salón. Ahí estará, con o sin asterisco, como una referencia obligada: el más joven en lograr esto y aquéllo, el pelotero impactó año tras año, el primero de 200 millones y un rollo de etcéteras.

Pero ¿qué hay sobre su actitud frente a un futuro incierto? ¿Qué tanto lo golpeará este escándalo? ¿Podrá asimilar la terrible presión de ser cuestionado por las multitudes donde vaya llegando? ¿Será capaz de tener la dureza mental para registrar un nivel de rendimiento de acuerdo a sus antecedentes? ¿Cómo se manejará en esa jungla que es Nueva York con su periodismo deportivo exigente y agresivo?
Rodríguez necesita ser el Juan Manuel Márquez del 2004, levantándose después de sufrir tres caídas frente a Manny Pacquiao en el primer asalto, y reaccionando vigorosamente para forzar un empate en las tarjetas.

Se da por un hecho que su carisma quedará carcomido. Ya no será el tipo caebien que lograba niveles de tolerancia sólo reservados a atletas excepcionales. Se sentirá tan solitario como Bonds en la casa-club, y aunque se ha quitado un incómodo peso mostrándose al descubierto, todo le resultará más difícil.

Joel Sherman, del New York Post, le recomienda someterse a chequeos semanales que demuestren su completo enderezamiento en el distanciamiento de los esteroides. Claro, eso debe de estar acompañado de una campaña estupenda: más de 40 jonrones, más de 100 impulsadas y 300 puntos, algo que él dice, comprobó, puede lograr sin aditivos.

Necesita ser el factor fundamental de los Yanquis en su regreso a los Play Offs batallando con Jeter y Teixeira, una tarea complicadísima; obtener otro reconocimiento como Más Valioso en la Liga, y además, terminar con el maleficio que le quita trascendencia en la postemporada, haciendo explosión como Reggie Jackson.

Y sobre todo, saber manejar la humildad. No se trata de reinventarse, sino tratar de superar tanta adversidad, con un rendimiento excepcional que lo impulse a seguir agrandando sus cifras, y un comportamiento que le permita combatir el rechazo de las tribunas.

Rodríguez, de 33 años, se encuentra frente a una tarea que es más gigantesca que ganar la Triple Corona: hacernos creer sobre su futuro, si siendo sometido a controles, sigue resplandeciendo tanto como antes.

No entrará al Salón obviamente, y como apuntamos, ya veremos si puede resistir la presión frente a ataques despiadados de los puristas como Jason Stark, quien se ha atrevido a decir, absurdamente, que esto es más grave que vender un juego como se hizo en 1919.

Sólo fajándose de esa forma, evitará un estrepitoso derrumbe.