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EL PAÍS / ESPAÑA
El Madrid, firme, decidido y con momentos de buen gusto, arrasa de principio a fin a un blandengue Sporting al que goleó 4x0.

Suma y suma el Madrid, pero no siempre con el método más convincente. En Gijón, la octava victoria consecutiva desde la llegada de Juande Ramos, tuvo otro aroma. No sólo por el golpe de autoridad del equipo horas después del cuarto pinchazo azulgrana en lo que va del curso, sino por el juego desplegado por el conjunto y el protagonismo de algunos secundarios quizás ganados para la causa, al menos para el tránsito que resta hasta el final de la temporada. Fue el caso de Lass, un virrey en el eje, mucho menos tieso que en partidos anteriores; de Marcelo, inquietante como volante y por una vez como madridista, capaz ante el gol y de Huntelaar, que por fin cumplió con el único oficio que le distingue: el de goleador. Hasta Torres y Parejo tuvieron carrete. Algo insólito: el Madrid acabó con cinco canteranos alistados. Y, eso sí, con Faubert por detrás de todos, al fondo del armario. Todo un mensaje a la secretaría técnica.

Ausente Robben, antes de que irrumpieran los reservas, fue el turno de Raúl, siempre eterno. Él gratificó a un Madrid nada cicatero, imponente para su adversario desde el chupinazo inicial. Juande volvió a exponer un equipo asimétrico, con Marcelo por delante de Heinze y Raúl como auxiliar de los dos pivotes, de ancla entre Lass y Gago e Higuaín y Huntelaar. La banda derecha, de nuevo otro marrón para Sergio Ramos. Por ella amagaba con proyectarse el Sporting con Canella, Diego Castro y Barral, el ariete que se descolgaba por esa geografía. Tan chato estuvo el Sporting, que fue Ramos quien conquistó el carril. Primero asistió a Marcelo y luego a Higuaín.

Con el Madrid a un palmo del gol, ante otro servicio del lateral visitante, emergió el más puntual, el capitán de los 309 goles con el siete blanco. Raúl embocó con clase y precisión el centro de su compañero. Justo una hora después, tras una jornada de tajo por todo El Molinón, Raúl llegó como un tiro al área sportinguista para barrer un error de Lafuente, meta local. Se dirá que fue un regalo, que cualquiera habría soplado la pelota en tal circunstancia. Pura cháchara. Muy pocos tienen la fe de Raúl y mucho menos la voracidad suficiente para con 0-3 situarse en la sala de espera del gol tras un remate sencillo de Higuaín. El universo de Raúl es infinito: puede marcar el primero y el cuarto, el difícil y el fácil. Así se construyen las leyendas.

Entre Raúl y Raúl, con el Sporting tan paliducho, confundido en la defensa, apabullado en el medio e insignificante en el ataque ¿Casillas no tuvo que utilizar las manos hasta el minuto 71?, en el Madrid todos contribuyeron. Lass hizo de dique y faro. Huntelaar, tras un desbarajuste de los centrales del Sporting dejó su sello en el área y resolvió con destreza un duelo con el meta local. Luego, un asistente le birló un segundo tanto legal, esta vez de cabeza, otra de las suertes que domina. Del holandés no hubo noticias fuera del área, donde sólo es náufrago, pero con su gol se reivindicó donde debe, no ante los altavoces mediáticos. Marcelo, liberado de atenciones defensivas, como juega en Brasil, por cierto, fue productivo y tuvo picante. Nada que ver con aquel lateral sin criterio delante de Casillas y nublado en sus continuas y asfixiantes cabalgadas hacia el área contraria. Su gol, un toque templado ante la salida de Lafuente tras un exquisito taconazo de Higuaín, fue el mejor broche al fútbol más cosmético que tuvo el equipo. No importó que ayer se midiera a un conjunto tan blandengue. Este Madrid, y en tiempos no tan remotos, ha jugado a la ruleta con todo tipo de rivales.

En Gijón fue igual de enérgico que en otras jornadas, pero nunca le faltó decisión. Siempre miró al frente. Tampoco quiso bajar la persiana antes de tiempo, sino que envidó hasta el final junto a Lafuente. Lo que se espera siempre de un club como el Madrid. Así se gana mejor. Y cualquier operación remontada que se lance desde algún gabinete de Chamartín tendrá más crédito.

Además, con Raúl todo es posible. Superado Di Stéfano, quién sabe cuál será su siguiente reto imposible.