Alejandro Sánchez S.
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Analizando el Clásico de España en frío, sin pasiones y escudos tatuados en la piel, posiblemente muchos coincidamos con que el Real Madrid presentó un mejor ritmo de juego y estuvo más cerca que el Barcelona de abrir el marco en el primer tiempo, una que otra pena máxima no sancionada por el árbitro permitió que esa primera parte pasara al olvido, no habría forma de destacarlo.

En la segunda mitad, el conjunto catalán fue el que propuso más, se apoderó del balón, casi como de costumbre y pudo sentenciar el partido con dos o tres goles, que no fueron ante los fallos de Neymar y Messi. En este tramo, el silbante no sancionó una mano clara de Daniel Carvajal, para no perder la costumbre.

Salvo por el gol de Luis Suárez, rompiendo las hostilidades y provocando el estallido de los fanáticos culés, y luego el empate madridista por medio de Sergio Ramos, este Clásico habría sido anecdótico por la falta de emoción, ni Messi gran figura del Barsa ni Cristiano Ronaldo, favorito a ganar el Balón de Oro 2016, pudieron darle brillo al encuentro, ambos fueron disminuidos.

Por fortuna reapareció un tal Andrés Iniesta, el cerebro del medio campo azulgrana, el artista que traza líneas a la perfección, sin descontrol en la entrega del balón, al que no le tiemblan las piernas. El genio Iniesta regresó de una larga recuperación y lo hizo a lo grande, dándole otro rostro a su equipo, poniendo pausas necesarias, acelerando en el momento justo y repartiendo balones envenenados como solo él sabe hacerlo.

El trazo a Messi entre líneas, sin que el esférico se desviara una pulgada de su destino o que hiciera contacto con un zaguero, fue malogrado por la “Pulga”, pero gesticuló sonriendo y levantó su pulgar como diciéndole a su compañero: No te preocupes. Messi representa un peligro inminente, todos en el Barsa juegan con él y para él, Iniesta es el espíritu, tan valioso.