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¡Cómo sufrimos en los últimos rounds!.

“Chocolatito” se enfrió y “La Chiquita” creció. La pelea se complicó en ese cierre, pero no quedó duda que el pinolero, sin brillar, mereció la victoria que debió ser por decisión unánime, de no ser por la ceguera del juez Rubén García, todavía en kindergarten.

Eso sí, no fue la pelea que imaginamos, porque consecuencia del desgaste y de la altura, Román perdió velocidad, poder y hasta precisión. Eso le permitió a Rosas, atreverse a empujar la pelea y forzar cambios de golpes obviando las desventajas físicas.

A ratos, sorprendentemente, la pelea pareció estarse realizando en cámara lenta, lo que aprovechó Rosas para mostrar mayor movilidad que “Chocolatito”.

Después de conseguir ventaja en los primeros asaltos, las piernas de Román parecían haberse cargado de plomo, y sus brazos también le pesaban. Eso impidió el uso de las combinaciones fulgurantes que todos le conocemos, aunque estuvo atento en todo instante para salir de dificultades y sujetar a Rosas, carente de suficiente poder.

El rostro del mejicano, se convirtió en un catálogo de daños. La nariz abollada y sangrante, sus pómulos con escoriaciones, las cejas averiadas, su frente acusando el recibo de impactos.

Valiente hasta la temeridad, Rosas fue directamente a las brasas, y consiguió momentos de agitación que nos preocuparon, como esa violenta ofensiva del séptimo asalto, empujando, golpeando y desorientando al nica; la agresividad mostrada en el noveno y ese desborde del décimo.

Con una calma nada sanguinaria, Román estuvo graduando sus esfuerzos, como si calibrara la marcha de las tarjetas en una computadora, con todos los riesgos arbitrales que eso implica.

¿Por qué no fue a fondo, ni siquiera en el inicio del sexto, después de habernos hecho creer que podría simplificar noqueando, con ese golpeo tan dañino desplegado en el quinto round.

Ganó bien, pero sin resplandecer. De lo grandioso mostrado en Japón a lo difuso visto anoche en Oaxaca, “Chocolatito” pasó de caliente a frío, pero triunfante.

Las dificultades imprevistas obligan a saludables revisiones. A descansar poco porque hay que trabajar mucho.