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El informe que “Chocolatito” vomitó antes de salir hacia el ring, y que volvió a hacerlo en su camerino una vez finalizada la batalla, indica que peleó destruido.

Hay varios factores: la dramática lucha por hacer el peso durante la última semana, el reclamo de más oxígeno que la altura de México hace a todo fondista, la intensa alimentación en la etapa de recuperación después de haber marcado 104 libras y media para subir hasta 118 ó quizás 120, y naturalmente, la exigencia planteada bravamente por Francisco Rosas, nada empequeñecido.

“Chocolatito” no pudo atender al grueso periodismo pinolero al terminar la reyerta, porque no estaba en condiciones. “Hablará con ustedes en el Hotel Dorado”, dijo uno de los hombres de su equipo, sin esconder la preocupación.

No hubo tiempo ni espacio para festejar. Había que atender al muchacho que superó contra viento y marea tantos factores adversos.

El esfuerzo desplegado a lo largo de 12 asaltos que seguramente le parecieron una eternidad, estaba pasando factura. Eso explica su lentitud, imprecisión y falta de creatividad.

No puedes estar lúcido con tantos inconvenientes aguijoneándote. Es en momentos como ésos, que el corazón se coloca en un primer plano, y se necesita sentir los huesos del alma.

“Chocolate”, sin quejarse, pero siendo otro, resistió todo eso para lograr retener el cinturón en su primera defensa.