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“No soy la persona que lanzó a otra por la ventana. Nunca escupí a un niño. Nunca dejé una cuenta sin pagar en Las Vegas. Nunca dije ‘no soy un ejemplo’. Nunca llegué tarde a un fin de semana All-Star por estar de fiesta”, dijo LeBron James en respuesta a las críticas que Charles Barkley había hecho al alero estrella de los Cleveland Cavaliers, al decir que era un “llorón” por pedir un base armador más para su equipo a la directiva.

Ni siquiera el triunfo abultado ante los Minnesota Timberwolves, con Kyrie Irving en plano asistidor estrella, puede bajar al cien por cien la reciente ira de James. Porque, a decir verdad, su postura tiene lógica por donde se lo mire.

Tyronn Lue debería estar preocupado y la directiva estar ocupada con lo que está pasando. La lesión en el pulgar de J.R. Smith, baluarte en el año de campeonato, lo mantendrá al margen por mucho tiempo más en la temporada y Kevin Love, quien supo ser parte del nuevo Big Three de Cleveland, pasa más tiempo en la enfermería que en el rectángulo de juego.

Mucho desgaste

James ya no es un jovencito, y con 32 años a su espalda, tiene un promedio de casi 38 minutos por aparición, en una liga que exige noche a noche y que pese a la confortabilidad de los viajes y los hoteles cinco estrellas acarrea su desgaste lógico. Se sabe que James es el señor camaleón por excelencia, capaz de disfrazarse de cualquier posición y hacerlo con maestría, pero lo que está pasando por momentos en los Cavaliers debería llamar a la reflexión: LeBron ataca como armador, defiende como centro, se mueve como escolta y descansa como alero.

¿Hasta cuándo puede mantenerse este circo? Hasta que la directiva o el cuerpo de James digan basta.