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El fantasioso, espectacular, impresionante, y por supuesto, increíble resurgimiento de los Patriots de Nueva Inglaterra en el Superbowl para arrebatarle a los Falcons de Atlanta un partido que perdían por 25 puntos mientras avanzaba el tercer período, ha proyectado al mariscal de campo Tom Brady, hacia valoraciones superlativas, llegando incluso a obviar el aporte ofrecido y tan bien realizado por los receptores que, masticando agallas, se metieron de cabeza entre las brasas concretando las anotaciones del rescate milagroso. 

La remontada de los Patriots, que seguramente sobrevivirá por los siglos de los siglos, ha sacado del archivo aquel arrebato con dos goles en el último alarido del drama, hecho por el Mánchester frente al Bayern en final de Champions en 1999; el asombroso 0-3 borrado en un segundo tiempo de vértigo, por el Liverpool inglés ante el Milán italiano en el 2005, en otra final de Champions; la insólita racha de cuatro victorias consecutivas registrada en los

PlayOffs del 2004 por los Medias Rojas de David Ortiz y Pedro Martínez para voltear un 0-3 a los Yanquis en la lucha por el banderín de la Liga Americana, matando “la maldición”; y la electrizante arremetida de tres victorias que en el 2016 realizaron los Cavaliers de Cleveland en la NBA, impulsados por “El Monstruo” James, para robarle el botín a los Warriors de Golden State, considerados casi invencibles.  

¿POR QUÉ LEBRON?

Sin subestimar un centímetro a Brady, pienso que lo de LeBron es superior, que no admite comparación. Con su equipo contra las cuerdas 1-3, con las costillas fracturadas, sangrando por cejas y pómulos, necesitado de una recarga de oxígeno y un trasplante de pulmones, se trataba de ganarle tres juegos seguidos a un equipo, que en la temporada y los playoffs, no cedía dos veces. Y LeBron, con su accionar frenético, certero y devastador, fue capaz de hacer arder a los Warriors y convertirlos en cenizas, como factor incidente, el mundo no podía creer semejante alarde. 

LeBron James, el jugador del ego más estirado, del corazón agigantado, de la ambición y las habilidades más grandes de la NBA, demostró que como un “as” multifuncional, puede derrotarte de diferentes formas. El no es tan gracioso en la faena de destrucción como Stephen Curry, ni un tirador perimetral tan mortífero como Kevin Duran, ni parece tener la explosividad de Rusell Westbrok, ni esa facilidad plástica de Kawhi Leonard merecedora de un póster en cada jugada, ni lo acrobático y espectacular de Blake Griffin, pero es capaz de juntar todo eso y entregarlo segmentado en diferentes momentos de un juego de acuerdo a las necesidades, como lo demostró en la final del 2015, cargando solo a un equipo que perdió la serie en seis duelos, y volvió a hacerlo en el 2016, impulsando a su tropa, a una vibrante conquista en siete juegos contra el mismo rival, agrandado por la cifra récord de 73 triunfos. Tom Brady es considerado el mejor Mariscal de la historia en la NFL

NO ES UN ROBOT PERO PARECE

Como lo he apuntado, el complemento de LeBron puede ser cualquiera. En esa final, más allá de la flexibilidad con disparo de Kyre Irving, la presencia fantasmal de Tristan Thompson, la frialdad y sobriedad del tantas veces oculto Kevin Love, el aporte como tirador de J. R. Smith, las sorprendentes apariciones de Iman Shumpert, los acompañamientos ocasionales de Richard Jefferson, y hasta los cierres de ojo del inesperado Mo Williams, para recortar los dificultades y agigantar posibilidades, ahí estaba el inagotable y eficaz LeBron James para encargarse de todo lo demás, incluyendo tiros de tres como en el sexto juego, y esos tres bloqueos que le robaron seis puntos a los Warriors, el último duelo con el empate 89-89 danzando siniestramente en la pizarra. Nunca voy a olvidar cómo faltando 1:29 minutos, Iguodala, sin nadie adelante, se escapó hacia el tablero enemigo con una misión macabra. ¿Cómo fue posible que apareciera LeBron, después de un sprint colosal, improbable hasta para Usain Bolt, y se elevara tanto como Javier Sotomayor cuando estableció la marca mundial de salto alto, para apretar hasta intentar reventar, esa pelota contra el vidrio en un bloqueo fantástico?

Aunque LeBron no es un robot, en esa final histórica, la gran intriga de ¿cómo diablos anularlo? resultó una misión tan imposible como intentar esconder una de las Pirámides de Egipto en un rincón. No es lo mismo un rato de inspiración durante un juego, por muy extenso que sea, algo que hizo Brady estupendamente contra los Falcons después de haber sido inutilizado por medio trayecto, que tener la obligación de derrotar al equipo Goliat como lo es el de los Warriors, superarmados, en tres batallas consecutivas. ¿Y quién podía ser el factor desequilibrante en un asalto, que quizás, ni la pandilla de los hermanos Jesse y Frank James, hubiese conseguido? Obvio, LeBron. Y lo logró, empujando al equipo escalando montañas de adversidades y atravesando tempestades, hasta aturdir, derretir y derrotar tres veces a los inmensos Warriors. 

SE RESTAURÓ A TIEMPO

Brady, bloqueado tres veces en sus intentos de pase en la primera mitad, interceptado, al borde de la desesperación, recuperó su majestuosidad como Mariscal en los dos últimos períodos, mientras los Falcons desaparecían, veían borrarse la amplia y supuestamente irreversible ventaja, y se deslizaban por todos los círculos del infierno, víctimas del vibrante empate contrarreloj que forzó el tiempo extra, y el touchdown en muerte súbita de James White. El quinto Superbowl de Brady, lo coloca estadísticamente un peldaño delante de Joe Montana y de cualquier otro retador. Ser el mariscal en esa remontada, lo inmortaliza, pero considero, que pese a sus cifras, no fue más que el derroche de esfuerzo, incidencia y precisión de Lebrón, en la boca del lobo, a lo largo de tres batallas. 

Naturalmente, la discusión queda abierta.