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No hay forma de ser lo mínimamente optimista frente a las columnas de humo que salen de las cenizas del Barcelona.

De entre esos escombros, no resucitará un muerto. Ni siquiera en la imaginación de Juan Rulfo, eso es posible después de ese brutal atropello por 4-0, realizado por un compacto, inspirado y destructivo París Saint Germain. Nunca antes, un equipo por muy grandioso que haya sido calificado, ha logrado borrar en Champions, una desventaja tan aplastante, ni siquiera con dos Aquiles y un Ulises en su alineación. En el 2013, después de ser agujereado 4-0 por el Bayern de Jupp Heynckes en Múnich, el Barsa manejado por Vilanova, terminó de ser destruido 3-0 en el Camp Nou. EDINSON CAVANI MARCÓ EL CUARTO GOL DE LOS PARISINOS.

Un tenebroso global 7-0. Por lo visto ayer, algo parecido podría volver a ocurrir frente a este PSG agigantado.

FUE ALGO INSOSPECHADO

Naturalmente, semejante catástrofe no entró en los cálculos previos. ¿Cómo sospechar el hundimiento de una gran nave, pese a encontrarse en un peligroso oleaje? No lo piensas cuando tienes jugadores como Messi, Iniesta, Busquets, Suárez y Neymar. Pero el PSG funcionó en forma eficiente y demoledora, como el mejor Barsa recordable, haciendo estragos. Súbitamente los astros azulgrana estaban fuera de órbita, no solo desorientados, sino inutilizados, huérfanos de ideas, desprovistos de enlaces, sin proyecciones amenazantes, incluso cuando intentaron recortar la diferencia, más con desesperación que orden, sin poder conseguir el ansiado gol que les quitara los cables en la sala de cuidados intensivos. El cabezazo de Umtiti, recibiendo por arriba de Piqué, fue devuelto por el poste derecho del arquero Trapp.

De entrada, el PSG se volcó hambriento, con firmeza y con destreza, trazando una geometría que antes manejaba el Barsa con maestría. A los 5 minutos, Cavani no puede concretar una oportunidad dorada, y en el 11, recibiendo de Di María, el remate de Matuidi es rechazado por Ter Stegen. Esos avisos sobre la confianza, determinación y audacia del PSG, aturdieron a la defensa azulgrana, mostrándola agrietada. El Barsa tenía posesión de balón cuando estaba atrás, pero no conseguía penetración frente a la solidez de los hombres del PSG, que no extrañaron la ausencia de Thiago

Silva, mientras Meunier ofrecía un partidazo, y tanto Marquinhos, Kimpembe y Kurzawa, cerraban filas enérgicamente.

Con o sin balón, el Barsa se veía trabado, el Saint Germain suelto, flexible, apabullante.

LA BRILLANTEZ DE DI MARÍA

DI MARÍA SE DESPACHÓ CON UN DOBLETE ANTE EL BARSA.El gol de Di María, ese tiro libre de perfecta ejecución, una belleza de trazado paralizando a Ter Stegen, abrió el marcador en el minuto 17 encumbrando a la multitud. André Gomes, habilitado por Neymar, tuvo la posibilidad del empate pero el preciso achique de Trapp le negó el gol, en la acción más riesgosa para el arquero del equipo francés.

Messi casi no fue visto. A los 21 minutos pretendió abrirse paso entre tres y no pudo y su tiro libre a los 23, rebotó en la barrera. El genio estaba embotellado.

A los 39, Di María, el de más brillo entre tantas luces del PSG, envió un pase apropiado para el veloz ingreso de Draxler por la derecha, destapado, perforando a Ter Stegen con un remate rasante, seco y mortífero, estableciendo el 2-0. En el segundo tiempo, con el PSG manejando los hilos y sin noticias de Messi, Iniesta, Suárez y Busquets, marcó Di María desde fuera del área, con potente y bien dirigido zurdazo, maniobrando por el centro, inclinándose a su izquierda. El 3-0 era alarmante, pero faltaba más y Cavani, recibiendo de Meunier en espectacular proyección, disparó a la izquierda de Ter Stegen para el 4-0. Un aullido de hombre lobo provocó escalofríos en Barcelona.

No pudo el Barsa lograr el gol que se lanzó a buscar con el pecho descubierto. El remate de Umtiti fue al poste y los últimos esfuerzos del laborioso Neymar se los llevó el viento. Para Luis Enrique y sus hombres, el Parque de los Príncipes fue la casa de los horrores. No vemos cómo el equipo azulgrana pueda salirse del ataúd. Desde muy temprano tuvo cara de cadáver.