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¿Cuándo el beisbol pinolero se sintió verdaderamente desnudo y enclenque? Hace medio siglo, en 1967, cuando la Liga Profesional “tiró la toalla” y lo que era un gran espectáculo, quedó sepultado. Fue en ese momento que descubrimos no tener suficiente material para reconstruirnos en el terreno aficionado. Sin duda un gigantesco drama, porque como en esa época los profesionales estaban inhibidos, ni siquiera se podía pensar darle forma a una Selección competitiva.

El futbol supo aprovechar ese desplome del beisbol, y con la importación de jugadores consecuencia del abierto apoyo empresarial, pudo confeccionar equipos como el Flor de Caña, Milca, Santa Cecilia, Diriangén y UCA, logrando ofrecer duelos internacionales de gran interés, adueñándose de los principales titulares en los periódicos y los espacios deportivos en radio y televisión. Fue tanto el impulso, que se hizo necesario sacar el futbol del pequeño y casi insignificante estadio Cranshaw, todavía en pie, para instalarlo en el Estadio Nacional.

Mientras eso ocurría, Carlos García batallaba por alcanzar la presidencia de Feniba en poder de Gustavo Fernández, multiplicando esfuerzos alrededor de la Liga Paco Soriano. Cuando Carlos asume las riendas de la Federación en 1970, después de la derrota de Nicaragua ante Panamá en la excitante final del Campeonato Centroamericano de 1969, se organiza la primera liga de la nueva etapa de nuestro beisbol, y los aficionados salen de sus rincones para volver a volcarse sobre las tribunas, pese a lo discreto del nivel que se ofrecía. Nada que ver con el entonces dañino recuerdo de la Profesional cargada de figuras cumbres.  Chinandega era dirigido por el gran Argelio Córdoba.

EL ATREVIMIENTO DE CARLOS

“Voy a traer a Bob Feller y Joe DiMaggio”, me dijo Carlos García hace casi 47 años. Teníamos poco de conocernos porque yo comenzaba en la crónica deportiva, tenía 26 años en ese 1970 y había renunciado a seguir estudiando ingeniería por falta de ingenio. No le creí. ¿Dos miembros del Salón de la Fama aquí, para inaugurar un torneo de beisbol de pantalones cortos? ¡Por favor! “Y vendrá también el comisionado Bowie Künh”, agregó Carlos, golpeando mi incredulidad en la mandíbula. ¡Diablos!, pensé, este tipo bromea con una imaginación que no tiene límites.

Al tomar las riendas, Carlos García puso en marcha de inmediato un proyecto de resurgimiento de nuestro beisbol amateur. Así que volvió la fiebre con elemento estrictamente casero, lo que parecía improbable. Herradora era el zurdito del Managua y Vicente necesitaba crecer. Al arrancar nuestro beisbol de kilómetro cero, se contaba con la presencia de peloteros consistentes, ya establecidos, como Cirilo, Calixto Vargas, Calín Rosales, Julio Juárez, Sergio Lacayo, César Jarquín y otros. Con el decidido apoyo de la crónica deportiva, se provocó un gran interés.

Y llegó el momento. Con el estadio casi lleno, ahí estaba Bob Feller en la colina y Joe DiMaggio en el cajón de bateo. Algo demasiado fantasioso. Yo estuve en el terreno de juego previo a ese primer lanzamiento, junto a esos dos grandiosos peloteros, el pitcher capaz de atravesar paredes imponiendo temor fusilando adversarios, y el bateador que podía acertar una canica viniendo hacia el plato y colocarla entre dos. Y además, Bowie Künh, el Comisionado de las Grandes Ligas. Los tres ya fallecidos. No, Carlos no bromeaba, aunque parecía estarlo haciendo. Para él, soñar fue siempre dibujar retos exigentes, una buena manera de darle sabor a la vida.

ARRANQUE LENTO, PERO RUIDOSO

Cirilo Herrington fue líder de bateo, hits y triples en 1970.No vimos un gran beisbol con la participación de nueve equipos en ese primer torneo. Flor de Caña, el gran favorito con Juárez y Lacayo, agregando a Cirilo, Aarón Morales y Jarquín, fue eliminado; y el Chinandega de Argelio, le ganó el banderín al San Fernando de Carlos Aranda y “Mama Moncha” en Masaya. A pesar de su  discreta calidad en ese momento, el beisbol volvió a ser fiebre en el terruño sin necesidad de contar con la gruesa cantidad de extranjeros que vimos brillar en la época del profesionalismo.

Jugando en el viejo estadio de Masaya, de maderas crujientes, el derecho Juan Oviedo sujetó al San Fernando, en tanto el Chinandega, encabezado por el líder jonronero del Torneo Julio Lagos con 5, expulsaba a “Mama Moncha” para edificar una victoria por 5-2 y capturar  el gallardete. Entre los sucesos llamativos de ese primer certamen, Cirilo Herrigton resultó campeón bateador con 320 puntos. Fue el único que pudo superar la barrera  de los 300, caso irrepetible en la pelota pinolera. El líder en efectividad fue el derecho Ángel Dávila con 0.93, en tanto en ponches, Sergio Lacayo registró un total de 142 completando 18 juegos con 15 triunfos y 7 blanqueadas. Una actuación cumbre y clara demostración de la superioridad del pitcheo, convertido en nuestro gran soporte en los torneos internacionales, incluido por supuesto el de 1972, histórico. 

Se fracasó en el Mundial de Colombia en ese 1970. La Selección que fue al Mundial efectuado en Cartagena y Barranquilla, cambiando de cuarto bate juego tras juego, no funcionó. Gaspar Legón de Cuba, casi nos tira un “no hitter”, evitado por el batazo milagroso de Noel López. En 1971, ya con Castaño, la historia fue diferente. Se avanzó a un duelo de invictos con Cuba en La Habana, perdiendo 2-0, y en 1972, se derrotó dos veces a la maquinaria antillana, 5-4 en el Torneo de La Amistad en Santo Domingo, República Dominicana, y 2-0 aquí, semanas después, con el pitcheo magistral de Julio Juárez.

Fue una época de esplendor y grandeza que se extendió lo suficiente aprovechando que no se habían abierto las puertas a los profesionales. Cuando eso ocurrió en Luxemburgo, el paralelogramo de fuerzas cambió bruscamente como quedó demostrado en 1999 en los Panamericanos de Winnipeg. Después de esa primera señal de advertencia, Cuba continuó en la pelea, pero perdió su dominio, y nosotros, sin el material requerido, retrocedimos. Pero nuestro beisbol vive y se encuentra en pie de lucha.