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Sé que ocurrió, estoy seguro que lo vi y lo viví frente a la pantalla, las cifras y las imágenes siguen danzando frente a mi asombro, me aturde el rugido interminable del mundo, pero no lo creo. Discusiones y cuestionamientos aparte, consideré más factible ver a Tutankamón resucitado paseando en hora pico frente a una de las rotondas, que al Barcelona estrangulando al París Saint Germain, goleándolo insólitamente 6-1, y saliéndose del ataúd al borde de la fosa. Esas resurrecciones, arrastrando un 0-4 frente a un equipo de suficientes recursos, bien armado y atravesando un gran momento, no son de este mundo.

MUERTOS SALUDABLES

Al caer el telón después del último grito del drama convertido en alarido, con el Barcelona increíblemente victorioso por cinco goles de ventaja, y el cadáver del Saint Germain todavía erizado, mostrado a tumba abierta, la frase atribuida a José Zorrilla en su libro Don Juan Tenorio, actualizada y resonando, se escuchaba no sólo en el Nou Camp con más de 90 mil adentro, testigos oculares de la improbable hazaña in situ, sino en todos los rincones del planeta: los muertos que vos matasteis, gozan de buena salud, y se encuentran viajando hacia los cuartos de final de esta Champions. 

Rompiendo corazones, el Barcelona consiguió lo imposible batallando contra viento y marea, zigzagueando angustiosamente entre situaciones extrañas y un arbitraje discutible, exigiéndole a los pulmones de sus hombres, por reventarse, aguantar un poco más en busca del milagro. No quedaban uñas, ni esperanzas ni un trozo extra de alma, excepto, una cuota de destreza abrazada con la desesperación, y los corazones rebeldes, rechazando gemir.

FALLAN CAVANI Y DI MARÍA  

No solo creí, sino que estaba seguro que el gol de Cavani en el minuto 62, recortando 3-1 la ventaja del superesforzado Barsa, era mortal. ¿Cómo podría el Barsa, que utilizó más de una hora para marcar tres goles, hacer lo mismo en 28 minutos con la misión de mantener a raya al adversario?, lo que no fue posible, porque primero Cavani, frenado por la pierna estirada de Ter Stegen, y después Di María con un bombeo fallido que se daba por un hecho, no pudieron marcar el segundo gol del Saint Germain. Y escrito estaba que, pese al golpe emocional, con un solo gol no bastaría.

En el 88, el hermoso, cautivante y efectivo tiro libre con rosca de Neymar, con el arquero Trapp paralizado, establece el 4-1 insuficiente a favor del Barsa. En el 90, un penal dudoso sobre Luis Suárez es cobrado con frialdad y precisión por Neymar para el 5-1. Quedan los cinco minutos de reposición en busca del milagro. Los nervios de ambos equipos son aguijoneados. La respiración desfallece y las piernas parecen pesar una tonelada. El agresor necesitado del sexto gol, cabalga sobre la desesperación y el que resiste, siente que la bola es de fuego y lo quema. En medio, baila el suspenso tan frenéticamente como Beyonce. Los ojos se agradan y están vidriosos. No se escucha el latir de los corazones. Un buen momento para la sangre fría de Neymar con un toque de bola antes de enviar el centro maestro, sacado de un programa computarizado, como el despegue en la frontera del off side, la proyección más suave que explosiva, y el zapatazo de Sergi Roberto que sacude las redes y mueve el Camp Nou dos pulgadas hacia arriba, dejando al mundo con la boca abierta. Hay fanáticos que lloran. Todo milagro produce ese estallido emocional.

¿A QUIÉN CULPAR?

Atrás, bien atrás, como si se hubieran producido en la época de los césares y no ayer, el gol abridor de Suárez ante un inseguro Trapp en el minuto 3, el autogol de Kurzawa a los 40, sin control frente al taconazo de Iniesta, y el penal seco de Messi a los 50. Tan cerca de la proeza el Barsa y de pronto tan lejos por el remate de nitidez escalofriante de Cavani en el 62. El técnico Emery saltó en busca de las estrellas. Era todo lo que necesitaba para espantar fantasmas. Lo creyó, lo creí y lo creyeron ustedes, pero faltaba un final improbable provoca-infartos. Batallando contra reloj, el Barsa marcó tres goles, tomó su cabeza del piso, y volvió a colocarla en su lugar.

Una proeza concretada, ¿por culpa de quién? Del Saint Germain, por supuesto, sin obviar fallas arbitrales infaltables. ¿Por qué vas a salir con un planteo temeroso con una ventaja de cuatro goles y el adversario con la soga al cuello? ¿Por qué entregar la pelota y el terreno, facilitando un acorralamiento total? Cierto, enjaulas a Messi colocándole, dos, tres y hasta cuatro hombres en dependencia de las circunstancias, pero permites que las recuperaciones de pelotas en gestiones ofensivas del Barsa sean impunes. No encuentras forma de sujetar a Neymar por la izquierda, sin duda el arma desequilibrante de Luis Enrique, y te refugias en un fondo bien cubierto, capaz de morder y multiplicar recortes. Si lo hiciste tan bien hace días en el Parque de los Príncipes, ¿por qué no atreverte a volver a hacerlo y disputar la iniciativa?  En un teatro de iluminaciones y sombras, el Barsa salió del ataúd y realizó un fantástico robo de botín.