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El trofeo de campeón en el futbol español ha quedado envuelto en un blanco absoluto. El Real Madrid, un equipo sin fisuras jefeado por Cristiano, tan funcional como el motor de un Fórmula Uno, se ha coronado derrotando 2-0 a un combativo Málaga, que nunca tiró la toalla, mientras el Barcelona, sorprendentemente atrás 0-2 frente al Eibar, se despertaba a tiempo para imponerse 4-2, pese a dos fallas insólitas de Luis Suárez en el primer tiempo y el penal que erró Messi. Esa combinación de resultados dejó al Real Madrid, desbordado en el cierre de campaña cortando las cabezas de la Hidra de Lerna, con 93 puntos por 90 de los azulgranas. Nada que discutir, ganó el mejor equipo de la liga y del planeta ¿o es que hay alguien por ahí que lo dude? Eso sería un absurdo, podría decir el fallecido ganador del premio Nobel Albert Camus, a quien se le dedica —junto con André Malraux— el encuentro literario Nicaragua Cuenta que inicia hoy.

“La pureza de la esperanza debe de ser preservada”, apunta Leonardo Padura en su estupendo libro “El hombre que amaba a los perros”, pero la esperanza del Barsa se acabó rápidamente. El gol de Cristiano antes del minuto 2, recibiendo de Isco con precisión en forma rectilínea, desde atrás, le permitió proyectarse entre dos defensas muy abiertos y esquivar al formidable arquero Kameni, desplazarse hacia la derecha y rematar rasante, estableciendo el 1-0. En Barcelona, los corazones se arrugaron. Esa estocada era un aviso que todo estaba consumado. Al Madrid le bastaba un empate y ahora, desde muy temprano y mejor armado, se encontraba con las riendas del juego, acariciando un título que no conseguía desde el 2012.

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DESAPARECE EL SUSPENSO

A distancia, en el otro escenario del compartido drama, el gol del japonés Takashi Inui, rematando sobre el rebote un balón desde la izquierda, trazó un rayo láser hacia la escuadra superior derecha de la cabaña defendida por el erizado Ter Stegen en el minuto 7, adelantó al Eibar 1-0. De pronto, una espesa oscuridad y un silencio ensordecedor cubrieron las tribunas del Camp Nou. Las esperanzas de algo milagroso, picoteadas por los gallinazos, comenzaban a deshilacharse. El gol de Benzema en el minuto 55, tomando un rechazo de Kameni sobre taponazo rasante de Ramos, desvaneció por completo el suspenso. Con el marcador 2-0, Agatha Christie se hubiera levantado de la butaca en busca de la puerta de salida, acompañada de Poirot.

Más allá de la derrota, el Málaga no fue en ningún momento un diminuto desvalido frente a un costoso gigante con dos alineaciones disponibles. Supo fajarse con criterio, sin complejos, tratando de llegar ordenadamente para abrir espacios con posibilidades. Eso explica porque el trabajo de Keylor Navas fue tan o más intenso que el de Kameni. El tico realizó tres intervenciones ahogando el grito de gol, confirmando ser una garantía para el futuro inmediato del Real Madrid. Aprovechando la tranquilidad proporcionada por el gol madrugador de Cristiano, no necesitó el equipo de Zidane mostrar intrepidez en su futbol, refugiándose en el accionar de Isco, el control de Kroos y la firmeza de Modric para manejar el atrevimiento del Málaga con un Sandro ansioso, insistente, cargado de peligro, tomando opciones. Triunfo y campeonato, justo y merecidos por el Real Madrid.

MESSI DEJÓ SU MARCA

En el Camp Nou, en el minuto 61, la multitud sufrió otro impacto. El segundo gol de Inui, muy parecido al primero, aunque más dañino, obligando al Barsa a multiplicar esfuerzos en busca de una remontada sin motivación. No tenía utilidad, pero era asunto de orgullo. Y se logró, sin hacer sonreír al técnico Luis Enrique en su despedida. Neymar golpeando un poste con su remate en el minuto 63 provocó el autogol de Juncá, recortando la diferencia 1-2, y después del fallo de Messi desde los doce pasos cobrando un penal más que discutible, por fin Suárez consiguió el gol que tanto buscó equilibrando la pizarra 2-2 a los 73. Un segundo penal a favor del Barsa fue ejecutado apropiadamente por Messi para adelantar a su equipo 3-2, y el argentino, dueño del “Pichichi”, marcó el cuarto en el minuto 92, ofreciendo otro alarde de su destreza, serpenteando, filtrándose y definiendo con derecha, sellando el 4-2 en el minuto 92. Un gol con su marca de fábrica. Frente a la inutilidad de esa remontada, Luis Enrique no mostró el menor júbilo. Pareció una estatua inmóvil, como dice Jorge Volpi en “El insomnio de Bolívar”.

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