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LeBron James no quiere escuchar sobre comparaciones con el ídolo de su infancia, Michael Jordan. “Hablénme de la final, de lo que podemos hacer frente a Durant y Curry, de si seremos capaces de repetir. Eso es lo que interesa. Dejen en paz a Jordan, el mejor de todos”, dijo James evadiendo ser involucrado en la polémica sobre quién mejor entre él y Jordan, provocada por su asombrosa progresión y los cálculos sobre su futuro, con contratos de 33 y 35 millones con los Cavaliers para las temporadas 2017-2018 y 2018-2019, mientras se le considera el mejor jugador de la NBA.

Un monstruo tras otro en las esferas de la grandeza. ¿Se imaginan eso? Para retar a Jordan, no se piensa en Curry, Durant, Westbrook, Harden o Leonard, porque todas las miradas van hacia LeBron. Es el único capaz de meterse, tímidamente si se quiere, en ciertas comparaciones con “Supermán” Jordan, el hasta hoy indiscutible. LeBron es una fuerza de la naturaleza y está construyendo cifras que serán tan indestructibles como las pirámides de Egipto. Sin embargo, ha estado agobiado por la persecución del fantasma que Michael Jordan dejó flotando sobre la NBA, como un fuera de serie. LeBron es otro, pero no tan grande. No todavía.

DIFÍCIL RETAR A JORDAN

Lo vimos y el asombro continúa: Jordan fue en todo instante magia pura. Alguien escapado de la lámpara de Aladino para fabricar milagros de diferentes maneras. Una mezcla de David Cooperfield y de Chris Angel. Lo que hacía parecía fantasioso, irrepetible. Su grandiosidad sin medida, lo convierte en un intocable, y hace pensar que, por mucho que LeBron llegue a impactar, siempre estará detrás de Jordan.

Ambos ganaron su primer título de la NBA a los 27 años, y arañando los 28, LeBron, actualmente instalado en la cima del Everest, esta atrás 4-5 en reconocimientos como Más Valioso de la temporada. En el 2007, con solo 22 años, LeBron que fue Novato del Año en el 2003, llevó a las finales de la NBA a los Cavaliers de Cleveland, un equipo que dos años antes, no figuraba en los Playoffs, en tanto Jordan, Novato del Año en 1985, llevó a los Bulls a las finales en la temporada 90-91, después de haber sido eliminados con él adentro, por los Celtics de Boston, que los barrieron dos veces en la primera serie, y por los Pistons de Detroit, que fueron tres veces sus verdugos, una en semifinales, y otras dos en finales de Conferencia. 

EL SEÑOR DE LOS ANILLOS

Cuando le consiguieron mejor acompañamiento, Jordan llevó a los Bulls a tres campeonatos consecutivos en la NBA desde el 90-91 al 92-93, antes de anunciar su primer retiro. El equipo de Chicago, debilitado sin Jordan, perdiendo Horace Grant y Scott Williams, y con los retiros de Bill Cartwright y John Paxons, se vio oscurecido. Jordan regresó en 1995 y los Bulls con un fabuloso quinteto (Jordan, Pippen, Harper, Rodman y Longley), más un banco con Kerr, Kukoc, Wennington y Randy Brown, volvieron a ganar otros tres banderines. Jordan alcanzó su décimo título en anotación, conquistó su sexto anillo, y también por sexta vez fue Más Valioso en finales. Una leyenda para la posteridad.

El fenomenal Michael, ganó cada una de las seis finales en las que compitió. LeBron en tanto, va a su octava final, y ha ganado tres, aunque vale la pena advertir que contra equipos más fuertes que los vistos frente a Jordan y Kobe. LeBron acaba de superar a Jordan en puntos en postemporada pero con más juegos. Eso sí, en temporada LeBron ha sido el jugador más joven de la historia en lograr 5,000, 10,000 y 20,000 puntos, y el Novato más joven con 19 años y 12 días.

UN RETO MUY GRANDE

Cuando se trata de jugadores de épocas diferentes las comparaciones son incómodas. Si mientras continúa demoliendo récords, LeBron agrega otro título Más Valioso, iguala a Jordan con cinco, y podría insistir en ser el primero que lo consigue por unanimidad, lo que le negaron en el 2013. Aun así, difícilmente será considerado tan grande como Jordan, el increíble. Ir contra los mitos, es un reto demasiado fuerte, como vencer a Aquiles. Ese reto te exige máxima superación y sostenimiento en el rendimiento. LeBron lo sabe y lo sufre, pero al mismo tiempo es su gran estímulo. Siempre impresiona ver a un monstruo perseguir con desesperación las huellas de otro.