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“Nada más triste que un titán que llora, Hombre-montaña encadenado a un lirio, que gime fuerte, que pujante implora: víctima propia en su fatal martirio”. Esas son las líneas que Rubén Darío hubiera escrito luego de ver a Juan Carlos Ramírez doblegado en el montículo, despiadadamente herido por los Mellizos de Minnesota, quienes en cuatro episodios y un tercio le conectaron ocho imparables, entre ellos tres jonrones, dos de los cuales fueron en el tercer episodio, y le fabricaron siete carreras limpias, reduciéndolo a un pícher común. Fue triste verlo doblegado. No estábamos acostumbrados a eso. 

Otra vez el “bendito” primer episodio. Juan Carlos volvió a ser descifrado en la madrugada del partido, cuando los aficionados apenas empezaban a acomodarse en las butacas del Angel Stadium.  Con un out en la pizarra, doblete de Robbie Grossman y bambinazo de Joe Mauer hicieron que el marcador cambiara a 2-0 tan pronto en el encuentro. Sin embargo, J. C. no se dejó robar la motivación y cerró la entrada dominando en línea al jardín izquierdo a Miguel Sanó y por la vía del ponche a Max Kepler. Retornó en el segundo inning y como suele ser su costumbre se mostró soberbio, ponchando de forma consecutiva a Jorge Polanco y Chris Gimenez y reduciendo a un roletazo por la segunda base a Eddie Rosario. En este momento nadie imaginó el derrumbe que sufriría en la siguiente entrada.

Más que una pesadilla

En el tercero, tras dominar a Byron Buxton en roletazo a la antesala, se creyó que el nicaragüense estaba confirmando el enderezamiento mostrado en el episodio anterior, pero dramáticamente la realidad se tornó odiosa e inmisericorde con él, sumergiéndolo en una pesadilla que difícilmente olvidará. Todo comenzó con el sencillo de Brian Dozier al jardín central, seguido del batazo de cuatro esquinas de Grossman, el mismo que antes le había conectado doblete. Entonces la pizarra cambió a 4-0 y de pronto se pensó que el que estaba lanzando no era el Ramírez que en mayo consiguió cuatro presentaciones de calidad en cinco salidas como abridor.  

Hasta la hora de nuestro cierre los Angelino caían 7-2 en el cierre del sexto.

Sin embargo era imposible negarlo, el que estaba en la loma siendo castigado sin piedad era el mismo que venía de permitirle solo una carrera sucia en siete entradas a los Marlins de Miami en su última apertura. Aunque fuera difícil creerlo, al muchacho lo estaban descifrando con facilidad, hecho tan infrecuente como lamentable. Su vulnerabilidad quedó expuesta luego de que en el mismo tercer inning, Max Kepler reformara el marcador a 6-0 con un cuadrangular de dos rayitas. J. C. observó el viaje de la pelota y como en la escena de una película se dobló sobre el montículo. Fue como ver derrumbarse a un gigante. 

Con todo en su contra, regresó a la loma en el cuarto y lo completó sin problemas, pero en el quinto, un golpe  y par de imparables que produjeron la séptima anotación, lo sacaron del juego, su brazo no daba para más. Mike Scioscia entró, le pidió la bola y le dijo: —será en la próxima, muchacho—. 

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