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Estamos viviendo la época de LeBron James. ¡Qué suerte tenemos! Él no es tan gracioso provocando desequilibrios como Stephen Curry, ni un tirador perimetral tan mortífero como Kevin Durant, ni tiene la  explosividad de Rusell Westbrook, ni esa facilidad plástica de Kawhi Leonard merecedora de un póster en cada jugada, ni consigue la notoriedad de James Harden, pero es capaz de juntar todo eso y entregarlo segmentado en diferentes momentos de un juego de acuerdo a las necesidades, como lo demostró en la final del 2015, cargando solo a un equipo que perdió la serie en seis duelos; volvió a hacerlo en el 2016, impulsando a su equipo, los Cavaliers, a una vibrante remontada borrando ese 1-3 adverso en siete juegos; y lo está repitiendo una vez más por encima de victorias o derrotas. 

LeBron James es sencillamente grandioso. Como ya lo hemos apuntado, su complemento de LeBron puede ser cualquiera: la flexibilidad con disparo en movimiento entrando o desde afuera de Kyre Irving, la presencia fantasmal de Tristan Thompson, la frialdad y sobriedad de Kevin Love, el aporte como tirador de J. R. Smith, las sorprendentes apariciones de Kyle Korver, y los acompañamientos ocasionales de Richard Jefferson. Todo eso gira alrededor de James, esa máquina de destrucción, capaz de cruzar toda la cancha para bloquear un disparo y regresar a bordo de un tren bala para realizar una volcada eriza-pelos, o frenar para clavar un disparo de tres puntos. ¡Wow!

¿Quién mejor que él?

Pese a las tres derrotas sufridas por Cleveland en forma consecutiva antes de la fabulosa victoria, admitiendo la brillantez a ratos cegadora de Kevin Durant y su incidencia, no he visto ningún jugador moviéndose sobre el tabloncillo a lo largo de esta postemporada, superior a LeBron en accionar y mucho menos en liderazgo. Él está rugiendo siempre, inconforme incluso con lo sobresaliente de su actuación, si el equipo permanece y termina abajo. Casi llora por esa pérdida de balón en el cierre del tercer juego, y porque el criticado pase a Korver el mejor tirador largo, no pudo ser convertido. Su vergüenza es tan grande como el volumen muscular que muestra, y su desesperación por ganar no tiene límites. El cronista Terry Pluto, quien escribió un libro sobre los Cavaliers cuando se coronaron en el 2016, considera que en la NBA, ningún jugador se exige tanto a sí mismo, como James.

Es evidente que a la orilla de LeBron, cualquiera se agiganta. ¿Recuerdan cómo se convirtieron súbitamente en tan buenos hace un par de años, Mathew Dellavedova y Timofey Mozgov, mientras Irving y Love estaban inhabilitados? LeBron los hizo crecer. El hombre que a los 32 años ha estado en siete finales, siete seguidas ganando tres, se convirtió el año pasado, en apenas el tercer jugador con un triple doble en un séptimo juego, junto con Jerry West y James Worthy. Con más juegos ha superado el total de puntos de Michael Jordan, y con su noveno triple doble en finales, dejó atrás a Magic Johnson. Un titán, eso es LeBron, así los Cavaliers no pasen del quinto juego en esta final. Minuto a minuto, él lo demuestra, rechinando sus dientes, inflamando su corazón y siendo exageradamente eficiente.