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La 23 ceremonia de inducción en el Salón de la Fama del deporte pinolero, dedicada a Sucre Frech y presentando a Vicente Padilla como figura cumbre, fue emotiva, resplandeciente y significativa. Todos sentimos que fue una gran noche la vivida el domingo en el Crowne Plaza con unos 500 asistentes, según lo informó Iván García, quien en los últimos años ha volcado todo su esfuerzo en mover exitosamente los resortes de la organización del evento, cerrado con la intervención del presidente de la directiva y también del Comité Olímpico, Emmett Lang, interrumpida fuera de libreto, pero como si hubiera sido algo planificado, por el invitado especial: el dirigente boricua Oswaldo Gil Bosh.

ESE PITCHEO. Una lluvia de emociones cobijó a los diez integrantes de la nueva promoción. Vicente Padilla, el lanzador de meteoros que se aproximó tres veces a la posibilidad de un no hitter, que se caracterizó por su frialdad polar mientras resolvía dificultades entre las exigencias, no pudo ocultar su excitación, quizás sintiéndose en elevación hacia el cielo, como Remedios, la bella en el mágico relato de García Márquez. De saco y corbata, el Vicente que recibió el máximo reconocimiento del deporte en Nicaragua, no tenía nada que ver con el tirador metemiedo que muchas veces sembró pánico desde la colina de cinco diferentes equipos en su trayectoria de 12 temporadas. Incluso, se le vio sonreír, agradecido por un momento merecedor de ser acariciado con ternura. Los presentes le ofrecieron una ruidosa ovación, también agradeciendo la cabalgata de recuerdos que él fabricó.

ESA NARRACIÓN. El primer impacto emotivo de la noche lo proporcionó la narración de Sucre, de esa última bateada de Cuba frente al pitcheo de Julio Juárez en el que fue para nosotros el duelo de máxima expectación en el Mundial de 1972. La voz clara, sonora y estremecedora de Sucre movilizó todos los sistemas nerviosos, en lo que fue un curso rápido de cómo maneja con un micrófono la progresión de un juego de pelota, garantizando los detalles, atrapando la atención, agitando corazones, no dejando nada para la imaginación. Algunos volvimos a masticar uñas con Marquetti e Isasi en posición anotadora, y la posibilidad del empate 2-2 tomando forma, agigantándose con solo un out, cuando Urbano González disparó esa línea que desconectó momentáneamente cerebros y corazones de una multitud escalofriada. Ahí estaba junto a la voz de Sucre el short César Jarquín realizando la atrapada con una seguridad que hubiera envidiado el propio Ozzie Smith, para completar un doble play sellador de la victoria soñada en segunda. Sucre entró en un silencio finalmente ensordecedor, por el estallido de júbilo del público. ¡Wow!

SALUD RENZO. El rostro de Renzo Bagnariol lo decía todo. Qué esfuerzo tuvo que hacer para sujetar esas lágrimas que batallaban por liberarse. Él sabía que merecía una butaca en el Salón, que se la había ganado a pulso, que no se le había regalado un centímetro de reconocimiento. Y vimos a las basquetbolistas Alberta Smith y Pina Santamaría, al tirador de martillo Gustavo Morales, a los familiares de Jorge Wehmeyer y el “Conejo” Hernández, al ajedrecista Martín Guevara hoy decano de una facultad de ingeniería, al versátil activista y exnadador René González, y al fiero lateral en futbol Emerson Flores. Cada uno de ellos se sintió de regreso a sus trincheras, como personajes de una ficción actual, que fue su realidad pasada. Un hermoso recuerdo para ellos mismos, y no se diga para nosotros.