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¡Qué pelea fue aquella! Breve, confusa y grotesca. Después de la primera batalla entre ellos, fabulosa, tan de ribetes épicos que nos obligó a todos a permanecer de pie con el sistema nervioso súper alterado un año antes, mientras Evander Holyfield construía su más grandiosa victoria ¿Quién podía imaginar, ni siquiera una mente retorcida, que en la revancha, apenas en el tercer round, veríamos a Mike Tyson, evidentemente enloquecido, morder las dos orejas del Campeón de todos los pesos? Un trozo de la oreja derecha utilizado para cirugía, fue levantado del piso, de aproximadamente una pulgada, fue levantado del piso, con Holyfield brincando como si se encontrara entre las brasas. El árbitro Mills Lane, reemplazo de Mitch Halpern, detuvo el combate descalificando a Tyson. Boxísticamente, fue el comienzo del fin para quien pudo llegar a ser leyenda, de controlar su salvajismo.

UN AUTÉNTICO MATÓN

Pese a la multiplicación de esfuerzos, y la creencia casi paternal de Cus D´Amato, quien lo sacó de la cárcel y lo adoptó como protegido, considerándolo material humano rescatable, no hubo forma de sacar a Tyson de la violencia callejera.  El “Monstruo” del ring en su época, un hombre de hierro en todo sentido, inició su carrera como un auténtico matón, la continuó de esa forma, y así la finalizó dejando huellas profundas de una brusquedad sin precedentes en la historia del boxeo. La segunda pelea la vi por televisión, y como el resto del planeta me impresionó la imagen de Tyson, mostrando  frente a las cámaras su dentadura ensangrentada. 

Después de derrota sufrida ante Evander Holyfield el 9 de noviembre de 1996, Tyson, aguijoneado por la desesperación de no poder imponer su ritmo en los dos primeros rounds, y siendo cortado por un cabezazo que calificó como intencional, perdió el control durante el tercero, muy agitado, que estaba ganando, y transformado, mordió sorprendentemente a Holyfield, primero en la oreja derecha y luego en la izquierda. El árbitro Lane, quien  reaccionó lentamente la primera vez, aunque advirtiéndole, lo  descalificó poco después del segundo  mordisco. Minutos más tarde, Tyson apareció por los pasillos en ropa de calle. La  sangre mostrada en una abertura sobre su ojo derecho, aún no secaba. Dijo que una serie de cabezazos intencionales de Holyfield se la provocaron, y que por eso lo mordió.

“MI OBJETIVO, ES DESTRUIR”

Habló con una sencillez sanguinaria: “Mi  objetivo fundamental es  destruir al adversario, el olor a sangre me estimula,  en el ring se trata de matar o morir, nunca he sentido piedad”. Lo figurado, pasó a  ser real. Daba la impresión de estar listo para ladrar y necesitar de un bozal metálico. Sin embargo, siempre se consideró que detrás de la  amenazadora máscara y la imagen grotesca, Mike era frágil, como una pieza de porcelana. Su insensibilidad y su inseguridad caminaron tomadas de la mano, hacia la nada. El legendario  entrenador Ángelo Dundee, decía: “La forma de ser de Tyson es  tomar sus propias decisiones sin tener dominio de lo racional. Eso es peligroso. Tiene  que haber alguien  que le diga: No llegues tarde, no andes con cualquiera, tienes que aplicar correcciones, dejar de ser repulsivo, debes percatarte de lo que te conviene, de seguir así vas directo hacia la ruina”. Eso siempre fue inútil.

Tyson, quien ha sido el más joven de la máxima categoría en el repaso de todos los tiempos, nunca dio la impresión de madurar aunque sea un poco, y mientras perdía el tiempo, fue dejando de ser entre las cuerdas, aquel “Monstruo” devorador de rivales…Tyson conquistó el cinturón a los 20 años el 22 de noviembre de 1986 noqueando en dos asaltos a Trevor Berbick y luego realizó 9 defensas exitosas. Parecía indestructible cuando fue noqueado sorpresivamente en el décimo asalto por Buster Douglas el 10 de febrero de 1990. Fue uno de esos días en que la rotación del planeta se detuvo. Lo insólito danzaba sobre el tapete provocando un gran aturdimiento.