• |
  • |
  • Edición Impresa

Ocho años después de la tragedia que hizo sudar los huesos, llorar y sangrar a este país, el recuerdo de Alexis Argüello como político casual, improvisado, se ha desvanecido, pero el ídolo producto del boxeo, que nos emocionó por tanto tiempo agitando corazones, metiéndose en los hogares, haciéndose tan familiar, empujándonos a quererlo mientras la admiración crecía, permanece intacto. Las imágenes, no solo las de sus combates, sino la de su sencillez, su espontaneidad, la del apego a sus raíces, y sobre todo la de esa carcajada ruidosa, acompañada de esa mirada limpia, y de esas expresiones tan directas como los golpes que parecían desprender cabezas, clavar puñaladas entre las costillas de los adversarios, doblar rodillas y provocar derrumbes, están ahí, fijas, en una pantalla imaginaria.

¿Por qué lo hizo?

Tantos recuerdos, tantas emociones resisten las embestidas del tiempo y el viento. Hemos visto caer las hojas de los árboles, seguimos envejeciendo, pero sus proezas permanecen latiendo. Alexis Argüello es el gran referente del deporte pinolero. Imposible olvidar aquel amanecer gris del 1 de julio del 2009, entristecido por la fatal noticia: ¡Murió Alexis! De pronto, el país se sintió desnudo y enclenque como diría el poeta. Cierto, desde que nacemos vivimos amenazados, pero, ¿quién no pelea tan bravamente como lo hacía Alexis entre las cuerdas, por obtener un día más de vida? El informe oficial fue que se suicidó, y se hizo un recuento de las veces que lo intentó.El flaco explosivo durante una de sus batallas con Aaron Pryor

Pensé que existen muchas historias tenebrosas correspondientes a momentos de depresión como los que atravesó, quien fue un flaco explosivo, incluyendo aquella de dormir con un cuchillo, pero nunca lo hizo. Creímos que superadas tantas dificultades y aparentemente establecido en una nueva esfera de sostenimiento, el fantasma del suicidio se había evaporado. En mi libro “El ídolo no muere”, me pregunto ¿por qué lo hizo?, y todavía rasco mi cabeza huérfana de cabello frente a la testarudez del hecho.

Fácil advertencia

Cuando Alexis Argüello derrotó a Jim Watt en 1981, con todo el país empinándose frente a los televisores, intentando atravesar la pantalla para abrazar al explosivo flaco vencedor de los cíclopes y de los Molinos de Viento, y ganador de tres coronas, escribí atrapado por la emoción: los tiempos futuros embalsamaran su grandeza. Eso fue una fácil advertencia. Su llegada a grandeza estaba asegurada. “Siempre que vengo aquí a Canastota, a la sede del Salón de la Fama, siento que mi pecho va a estallar. Es agradable sentir encima el aprecio de todos. Entonces pienso que lo que hice en el boxeo, valió la pena. El señor me tocó para que fuera alguien boxeando y aproveché la oportunidad”, me decía en el año 2000, mientras nos registrábamos en el Hotel, una vez que me invitó a ese escenario cuando estábamos tratando de restablecer distancias, después de una larga amistad agrietada por asuntos políticos en aquel inicio de los años 80.

“Ahora, difícilmente se ven peleas largas, bravas y difíciles de olvidar, como las que protagonizamos Alexis y yo, o Buchanan con Duran. El boxeo ha cambiado, la multiplicación de organismos lo ha debilitado. En estos tiempos, mucha gente no conoce a los campeones. Es increíble”, me dijo en aquella ocasión Rubén Olivares, uno de los invitados a los actos recordatorios en el octavo aniversario, de quien ha sido la más grande figura de nuestro deporte.

Entre Marcel y Pryor

Alexis dio la impresión de ser purificado por el fuego. El recuerdo de sus ejecutorias, nos deleita tanto, como si estuviéramos saboreando una copa de champaña o una jícara de buen pinolillo. Logró construir hazañas revestidas de intenso dramatismo y mayúsculo heroísmo. Auténticos timbres de orgullo repicando frente a nosotros, para que nos mantengamos despiertos, en pie de lucha, retando todos los factores adversos que nos salgan en el camino tratando de emboscarnos.Alexis Argüello sigue clavado en el corazón de los nicas.

¡Cómo nos sentimos hundidos, reducidos a la nada, cuando fue vencido en Panamá por Ernesto “Ñato” Marcel y nuestro sueño fue dinamitado! ¡Cómo nos elevamos por encima de la cima de Everest en busca del cielo, cuando noqueó a Olivares en el Forum de Inglewood, conquistando su primera corona mundial en peso pluma! ¡Cómo sudamos mientras nuestros huesos se derretían, viéndolo cambiar metralla furiosamente con Alfredo Escalera en Bayamón y en Rimini, para conseguir su segundo título, ahora en las 130 libras, y defenderlo con el corazón en los dientes! ¡Cómo disfrutamos la victoria sobre Jim Watt en Londres y captura de su tercer cinturón en las 135 libras! ¡Y cómo sufrimos hasta el derrame de lágrimas, cuando intentó resistir y sobrevivir en dos batallas escalofriantes, al feroz bombardeo de Aaron Pryor, derrochando todas sus reservas de coraje! En todo momento, fue un peleador fuera de serie.

Ejemplo como atleta

Un minuto de silencio por este flaco impactante de llamativa sencillez, que quizás pudo brillar en cualquiera de diferentes tareas, pero nació para ser boxeador y desembocar en un gran campeón; por el orgullo que sentimos de haberlo tenido en nuestras manos con toda su grandeza, incrustado en nuestros corazones, haciendo cabalgar nuestras ilusiones; por habernos enseñado mucho sobre el respeto a los otros, así fueran rivales temibles; por su comportamiento ejemplar como atleta empeñado cada día en ser mejor; por ese aprecio que tuvo por el cariño de la gente, que no lo abandonó ni en los momentos más complicados después de su retiro; por esas muestras de humildad que siempre lo caracterizaron; y por haber sido lo que fue, por encima de su vulnerabilidad como humano.

Se dice que no hay nación que pueda sobrevivir sin mitos, ni juventud capaz de expansionarse sin ídolos. Que todo se va al traste cuando faltan esas referencias. Así que el mundo seguirá girando, las esperanzas nos estimularán por siempre, vamos a soñar con un país mejor, y nunca dejaremos de recordar al formidable Alexis, gladiador irrepetible, salvaje y aguerrido, capaz de atravesar generaciones y ser recordado con nitidez, como se lo merece. A los ídolos es mejor no tocarlos, algo de su dorada capa queda inexorablemente entre los dedos, dice Flaubert en “Madame Bovary”.