• Managua, Nicaragua |
  • |
  • |
  • Edición Impresa

¡Qué falló más distorsionado! El mundo del boxeo sigue girando al revés. Ustedes lo vieron, se sorprendieron y deben estar masticando amargura, o rabia. Perdió Manny Pacquiao ante el australiano Jeff Horn por una insólita decisión unánime que todavía nadie entiende. Fue como robarle la pensión a un jubilado en día de pago antes de abrir el sobre. Las tarjetas estaban mal marcadas, como extrañamente está sucediendo en forma constante, dando la impresión de que nos encontramos en el ombligo de un baile de máscaras. Un absurdo 117-111 como protestaría Camus, y dos incomprensibles 115-113, sentenciaron al veterano púgil que peleó en la batalla de Trafalgar a la orilla de Nelson y es dueño de una exuberante historia.

SÍ SORPRENDIÓ HORN

¡Qué Pacquiao no es el mismo, es algo obvio! Ni Napoleón fue el mismo cuando volvió al trono de Francia por cien días. Nadie esperaba ver reconstruido al peleador ágil, difícil de descifrar, agresivo, insistente y potente, con espíritu espartano, que bruscamente saltó de su cuna, en daipers, a comenzar a conquistar cinturones frente al asombro del planeta, pero se confiaba en que, lo que queda de aquel Pacquiao tantas veces deslumbrante, atravesando por un desvanecimiento natural que incluye pérdida de facultades, sería suficiente para sujetar a Horn.

Hay que admitir que el australiano fue más allá de lo previsto en determinación para ir hacia adelante disparando, logrando llevar contra las cuerdas a Pacquiao y conseguir impactos llamativos, sobre todo con su larga derecha, agregando las ventajas obtenidas en choques de cabezas, que abrieron grietas de profuso sangrado en el filipino, obligándolo a ser menos atrevido en sus propuestas para recortar espacios, porque la cercanía lo exponía a riesgos mayúsculos. Sin embargo, la bravura de Pacquiao no ha decrecido y retó la capacidad de agresión de Horn, quien sufrió un corte en la ceja derecha.

MANNY SUPO MANEJARSE

Sabía Pacquiao que necesitaba dosificar su esfuerzo, sumando puntos para establecer distancia en las tarjetas, y a su edad, con ciertas canas, con sus piernas más pesadas y sus pulmones resoplando, lo hizo bien. Saliendo de un primer round difícil, el filipino pisó el acelerador en los asaltos dos y tres y tomó las riendas sin subestimar al australiano, quien siempre estuvo enviando señales de amenaza y haciéndose sentir aprovechando su estatura que le facilitaba golpear con puños y cabeza, la zona alta de Pacquiao, llegando a colocar la pelea al borde de la suspensión, sin adelantarse en las tarjetas.

El round más violento de Pacquiao fue el noveno. Tanto que lo apunté 10-8 y lo consideré decisivo. A esa altura, pensé que el fallo solo podía ser reversible con un impacto fulminante o una descarga noqueadora por parte de Horn. No fue así, Pacquiao supo manejarse en el resto del trayecto y supuse sería una decisión fácil. Lo inesperado fue no solo la unanimidad que hermana en ignorancia boxística a los jueces, sino una diferencia que excede los límites de la torpeza como es la de 117-111. No, amigos, no es justo. Esto no puede seguir así, pero ¿qué hacer? Hay que ir al boxeo de hoy, en las manos de tan malos jurados, con un traductor de disparates y un corrector. Los asaltos no necesariamente a mano armada, se han vuelto tan populares, como en los tiempos en que la pandilla de los hermanos Frank y Jesse James, sembraban pánico en el viejo oeste.