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Hace unos días, me preguntaron en una entrevista ¿qué recuerdo guardo del estallido que seguramente provocó la proeza del juego perfecto diseñado por Denis Martínez aquel 28 de julio de 1991 frente a los Dodgers en Los Ángeles? De inmediato respondí sin el menor titubeo: ¡No hubo estallido! Es más, la mayoría se dio cuenta al amanecer del día siguiente, con los periódicos circulando, las emisoras de radio tronando y los televisores excitados. Fue como una emoción retardada que rompe cadenas para desbordarse alrededor de corazones agitados por la admiración, mientras era natural preguntarse: ¿Cómo fue posible?

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Tito rondón el mensajero

Una pelea de boxeo, como Alexis-Marcel o Alexis-Olivares, es esperada y se sabe lo que se busca: un cinturón mundial; o un juego como Nicaragua-Cuba en 1972 o Nicaragua-Estados Unidos en 1973 con el duelo Denis-Wortham. Pero cómo anunciar la posibilidad de un juego perfecto. ¿Quién podría tomarlo en serio? Denis contra Mike Morgan un domingo por la tarde, sin seguridad de ser trasmitido por radio y sin la menor opción por televisión, tan es así que fue necesario esperar varios días para tener el video, era solo un juego más. Así que cuando Marquis Grisson atrapó la pelota con carga de peligro bateada por Chris Gwynn para el out 27, y Tito Rondón en la retransmisión radial elevó su voz mientras trataba de dimensionar la proeza, no hubo estallido.

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Su esposa Luz Marina en Montreal con la familia, y los nicas que estaban pendientes en Miami y en Los Ángeles, deben haber sido más ruidosos que aquí. Cuando entré corriendo a la redacción de Barricada en calzoneta porque venía del mar, asistiendo en Montelimar al cumpleaños de Zakia, una hija de Carlos García y Ninoska, grité: ¡Fuera todos, voy a hacerme cargo de la edición! Martín Ruiz, René Pineda y Chilo se apartaron mientras yo me volcaba sobre el teléfono buscando la conexión con Carlos Alvarado, el cronista nicaragüense de La Opinión, viejo amigo, quien cubría los juegos de los Dodgers.

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Un alboroto sin bombas

El título de portada decía “¡Milagroso y glorioso!”, el de la sección de deportes “¡Oh Dios, qué bello!”, y como agregado las notas “Único latino”, “Así fue” con box score incluido, “Solo Koufax y Denis”,  con juegos perfectos en Dodger Stadium, y “Controlé mis nervios”, una entrevista con Denis facilitada por Carlos Alvarado, un sumador de amigos, a quien conocí como dirigente del Cinco Estrellas siendo secretario de José Somoza. Se publicaron un par de cables y la misión estaba cumplida. Después fui a Radio Ya para hacer un adelanto nocturno de Doble Play. En todo ese ajetreo, no escuché ni una bomba. Las emociones saltaron al tapete el lunes.

Cuatro años después, en 1995, en Cleveland sí se produjo un estallido cuando Denis superó a Randy Johnson de Seattle, asegurando el banderín de la Liga Americana y el pasaporte tanto tiempo esperado, para la presencia de los Indios en una Serie Mundial. Para Luz Marina, un momento más emotivo que el juego perfecto, seguramente porque ella estaba ahí, a la orilla, ayudándole en cada lanzamiento. Pero por supuesto, no hay nada más grande en la trayectoria finalmente resplandeciente de Denis que ese trabajo magistral iniciado en una iglesia de Los Ángeles, la apresurada toma de un taxi contra reloj, el calentamiento, la dureza del montículo, el difícil machucón de Juan Samuel, las dos carreras de los Expos en el séptimo y la atrapada de Grisson cerrando el juego.

El cuchillo cruel del tiempo, usualmente destructor, fracasa frente a la permanencia de proezas como esta. Han pasado 26 años y el vuelo del ángel inning tras inning, el aullido de cada lanzamiento, la convergencia de las emociones y lo incendiario de la proeza están ahí, danzando tercamente frente a nosotros. ¡Salud, Denis! Sigue gozándolo.