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Cuando eres un pitcher, el beisbol, un deporte colectivo en el que usualmente los comportamientos individuales parecen ser inmunes a la mayoría de variantes, incluso a los resultados, te muerde constantemente al ser dependiente de los otros. Hasta para registrar un juego perfecto, sientes eso, y lo sufres mientras cruzas dedos, porque cualquiera puede arruinarte o rescatarte. En cambio, un bateador, un fildeador, un corredor, pueden tener brillo propio sin ese inconveniente, excepto en ciertos casos, pero no en todo instante como ocurre con un pitcher. Sobre todo, cuando entregas una posibilidad de vencer necesitada de real apoyo al pitcheo de relevo. El futuro inmediato, no depende del brazo, la cabeza, el temple y la destreza de un lanzador, sino de lo que hagan los otros.

Mientras estuvo en el montículo durante seis entradas frente al bateo de los Angelinos, Erasmo Ramírez solo atravesó por una dificultad, agrandada por el error en el tiro bombeado del inicialista cubano Yonder Alonso y la asistencia imprecisa del propio Erasmo sobre el batazo de Kaleb Cowart, que con C. J. Cron corriendo hacia el plato, debió de ser el tercer out sin carrera de ese quinto inning, no la primera señal de daño en la pizarra en contra del nica. Sin embargo, la ventaja de los Marineros por 2-1 frente a Juan Carlos, estirada en el cierre 3-1 por el jonrón de Kyle Seager, estaba siendo bien manejada por el rivense quien retiró en orden a Trout, Pujols y Calhoun en el sexto, colgando un cero consistente.

Mayores méritos

Pese a trazar esas huellas fabrica confianza, se consideró que 82 lanzamientos eran suficientes para Erasmo y le quitaron la pelota. Un parpadeo después, el jonrón de dos carreras de Luis Valbuena en el séptimo contra el relevista sospechoso de cifras agrietadas, Casey Lawrence, empató la pizarra 3-3 y dejó al nica fuera de la decisión. Aunque ese batazo evitaba una posible derrota del otro nica, Juan Carlos Ramírez no provocó entre nosotros una confusión de sentimientos. En ese momento nos dolió, porque los méritos de Erasmo tenían más peso y mayor contenido y merecía la victoria en el primer duelo de nicas desde la época de Denis y Albert Williams en los años 80.

En el octavo, tanto Erasmo como Juan Carlos no tenían nada que ver con el desenlace, cuando el derecho de los Marineros Tony Zych, entró en acción utilizando el brazo equivocado, y fue víctima de una arremetida de tres carreras que facilitó con marcador de 6-3, el necesario triunfo de los Angelinos metidos de lleno en la pelea por uno de los boletos reservados a los comodines. Pensé: ¡Pobre Erasmo¡ Debe haberse sentido en un pasaje oscuro y silencioso, emocionalmente mutilado. Trabajó con seguridad ejerciendo dominio. Ni Trout quien le conectó el primer hit, ni Pujols, lo asustaron. Condenado como pitcher a esa dependencia de los otros, entre la frustración, mostró mucho de su utilidad a estos Marineros, también en pie de lucha, un juego detrás de los Angelinos.